Esta semana, el New York Times publicó un pódcast titulado: “¿Arruinaron las mujeres el lugar de trabajo?” En él, Ross Douthat y dos mujeres conservadoras lamentan que el espacio laboral se haya “feminizado”.
Esta idea ni es nueva ni exclusiva de Estados Unidos. Como nos lo recordó hace pocos días nuestra queridísima Amparo Grisales, la noción de que denunciar el acoso o el abuso sexual haya cambiado la manera en que hombres y mujeres se relacionan, y que eso implica una pérdida de valores (económicos y sociales) sigue estando bastante extendida.
Pero esta narrativa no solo es anacrónica (lo siento, Amparo), también es profundamente reveladora: todavía, “feminizar” es devaluar.
Y no solo en el sentido simbólico. Cuando un campo profesional se feminiza, su valor económico y social disminuye.
La educación, la enfermería o las labores administrativas lo muestran: cuando las mujeres entraron masivamente a estos sectores hacia finales del siglo XIX, los salarios y la respetabilidad asociada a ellos bajaron aunque el costo de vida siguiera subiendo. Lo mismo ocurre con los trabajos de limpieza y cuidado, entre los peor remunerados y donde más del 85 % es realizado por mujeres.
Paradójicamente, la evidencia demuestra lo contrario en términos de rentabilidad y ganancias.
Las empresas con más mujeres en sus juntas y cargos directivos tienen 27 % más probabilidades de superar financieramente a las manejas solo por hombres (McKinsey 2023), y generan entre 2% y 5 % más de retorno anual (Bloomberg Intelligence 2024).
Así que sí: las mujeres sí arruinamos el lugar de trabajo.
¿Pero cuál? Arruinamos una cultura que valora la apariencia de una mujer por sobre sus habilidades, que premia la competencia sobre la colaboración, que nos exige disimular la necesidad de dar y recibir cuidado, y que trata a las personas como máquinas de productividad.
Feminizar el trabajo —y la sociedad— es humanizarlos.
Es crear espacios donde la empatía, el respeto y el cuidado no sean defectos, sino virtudes colectivas que nos benefician (personal, social y económicamente) a hombres y mujeres por igual.
Les invito, entonces, a seguir “arruinando” juntos esa vieja cultura laboral y construir espacios, no más “femeninos” ni “masculinos”, sino simplemente más humanos.












