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Lunes 22 de junio de 2026 - 01:00 AM

Campaña de emociones

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Mucho se ha criticado la primacía de las emociones sobre el debate en la campaña presidencial que acaba de concluir. Intelectuales, periodistas, dirigentes políticos y ciudadanos terminaron involucrados afectivamente en una contienda que difícilmente podía desarrollarse en otro registro. La política no es una actividad fría ni mecánica. Las sociedades no se movilizan únicamente por argumentos; también lo hacen por esperanzas, temores, entusiasmos y frustraciones.

Martha Nussbaum recuerda en Emociones políticas que las emociones tienen profundas consecuencias sobre el destino de las naciones. Pueden dar vigor y consistencia a los grandes propósitos colectivos, pero también desviarlos o destruirlos. La cuestión no consiste en expulsar las emociones de la vida pública, sino en preguntarnos cuáles estamos cultivando y hacia dónde nos conducen.

Mucho antes, Baruch Spinoza advertía sobre lo que llamó las emociones tristes: el odio, la venganza, la envidia y el resentimiento. Son pasiones que empequeñecen la existencia humana y dificultan conversar desde la diferencia. Por eso sostenía que procuraba no burlarse, no lamentarse ni detestar, sino comprender. Su reflexión conserva plena vigencia en tiempos en que la descalificación del adversario suele resultar más rentable que la deliberación serena.

No sería acertado concluir que la política debe prescindir de las emociones. Nussbaum recuerda que las gestas lideradas por Abraham Lincoln, Martin Luther King Jr., Mahatma Gandhi o Jawaharlal Nehru fueron posibles porque supieron despertar sentimientos de pertenencia y unidad de acción. Ninguna transformación duradera se construye exclusivamente con argumentos racionales; requiere también emociones capaces de concitar voluntades alrededor de una aspiración compartida.

Para una sociedad que propenda por la justicia y la prosperidad, la apelación a la emoción no solo es legítima, sino necesaria. Lo decisivo es el fin al que sirve. Las emociones pueden movilizar a los ciudadanos alrededor de la disminución de desigualdades, la inclusión de sectores discriminados, la protección del medio ambiente o la preservación del territorio. El problema surge cuando los grandes objetivos se reducen a proyectos narcisistas y terminan subordinados a los intereses del círculo de poder que rodea al gobernante.

El mandato presidencial que concluye y esta campaña dejan precisamente esa enseñanza. Las emociones seguirán acompañando la vida democrática porque forman parte de la condición humana. Lo verdaderamente relevante es que no se conviertan en instrumentos de odio, exclusión o confrontación permanente y, en cambio, sirvan para construir confianza y sentido de comunidad.

La democracia no se fortalece cuando los ciudadanos aprenden a odiarse más, sino cuando encuentran motivos para reconocerse como integrantes de una misma comunidad. Después de esta elección, el desafío de Colombia no consiste en administrar una victoria o una derrota, sino en alimentar menos emociones tristes y más razones para confiar en ella misma.

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