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Martes 11 de agosto de 2026 - 01:00 AM

¿Qué tan libre es nuestro voto?

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En entrevista con Noticias Caracol, Carlos Suárez, estratega político detrás de la campaña presidencial de Abelardo de la Espriella, desató una polémica al afirmar: “Las campañas no se ganan con la razón, las campañas no se ganan con las propuestas; para ganar elecciones se tienen que mover emociones y sentimientos”. Algo similar a lo que predicaba Rodolfo Hernández, quien abordaba estrategias de campaña enfocadas en canalizar la indignación, la confianza y el rechazo a la política tradicional. Ambas estrategias cambiaron la discusión programática por la conexión emocional con el elector.

Aunque la declaración del estratega puede incomodar, evidencia una realidad política actual innegable. Las elecciones no se deciden con argumentos; se disputan en las emociones, las identidades y las percepciones.

Según el libro “The Political Brain”, del psicólogo estadounidense Drew Westen, en las democracias modernas las campañas basadas en datos técnicos pueden fracasar. Cuando un candidato intenta debatir cifras complejas frente a otro que apela al miedo o a la rabia del electorado, el candidato emocional puede ganar el debate ante el público. No es incapacidad argumentativa; es estrategia política.

Entre las emociones que movilizan el voto están el miedo, la indignación y la esperanza. El miedo, la más poderosa, puede llevar a escoger al “menos malo”; la indignación puede convertir una elección en voto castigo; y la esperanza puede construir expectativas de cambio. Es importante reconocer que, aunque no sea ilegal ni ilegítimo, este fenómeno incide en nuestras decisiones, máxime con la aparición de las redes sociales, que no solo amplifican el mensaje, sino que nos segmentan, categorizan y suministran contenido según nuestros intereses y los algoritmos.

La teoría del voto emocional enseña que los ciudadanos deciden con base en sentimientos, como la necesidad de ser parte de un grupo, bloque político o ideología, en lugar de contrastar hechos, propuestas y resultados. Nuestro cerebro, al votar, puede estar más influido por creencias e identidades que por ideas conscientes, activando respuestas emocionales y sesgos como el de confirmación y el de identidad, que llevan a construir explicaciones “lógicas” para justificar nuestras preferencias.

Indignarse por la declaración de Carlos Suárez y la estrategia de De la Espriella es desconocer que todas las campañas, sin importar el partido político o la ideología, apelan a los sentimientos. Sencillamente, una estrategia logró persuadir más que la otra. Más que un debate de ideas y argumentos, parece una lucha por determinar quién domina nuestras emociones.

Se supone que el voto es libre; sin embargo, ¿qué tan autónoma es una decisión al momento de votar si está condicionada por nuestras emociones? El problema ya no es que nos obliguen a decidir por quién votar, sino preguntarnos si otros pueden llegar a diseñar aquello que queremos votar.

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