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Columnistas
Lunes 22 de junio de 2026 - 01:00 AM

El secuestro de la camiseta amarilla

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Minimizar el daño es el deporte nacional de los victimarios. Es una ley no escrita del cinismo cotidiano: quien comete el agravio es siempre el primero en decretar que la víctima exagera. Lo vemos en la física simple de una obra defectuosa y en la complejidad de nuestra fauna política: «Pero no se ponga así, hombre, si fue solo un rasponazo»; «de eso no se va a morir nadie, es una simple gripa»; «no le pare bolas al asunto, que el golpe solo rayó el capó»; y la lista de eufemismos para anestesiar la culpa es inagotable.

Sin embargo, en el lodazal de nuestro debate público, la patanería ha alcanzado niveles de madurez subterránea. Cuando alguien del bando contrario osa manifestar una queja legítima o levantar la voz frente a una arbitrariedad, la respuesta colectiva no es el argumento ni el debate, sino el coro infantil e imbécil de la gradería: «Ay, no, ya se va a poner a llorar; ahora saque el pañuelo y llore». Esta postura, además de perezosa, delata una alarmante incapacidad para el análisis; es la renuncia absoluta a mirar el fondo de los hechos, cuando se prefiere la burla ramplona que clausura cualquier posibilidad de sensatez.

El ejemplo más reciente e indignante de esta ligereza mental ha estallado con la protesta ciudadana ante la apropiación descarada de la camiseta amarilla por parte de una campaña política. Saltaron de inmediato los expertos, los duros del desdén, a decir que la prenda no es, por ley, un símbolo patrio decretado por el Congreso. ¡Vaya descubrimiento! No se necesita un doctorado en derecho constitucional para saberlo; pero ignoran —con una ceguera que asusta— los hilos invisibles que tejen la verdadera identidad de un pueblo.

Partamos de una premisa irrefutable: la camiseta amarilla de la Selección Colombia —y me niego rotundamente a usar esa apócope insufrible de “la Sele” (que vemos en la tele cuando no vamos al cole), que me produce una alergia estética insoportable— era, hasta hace muy poco, el único elemento físico y cultural capaz de unificar las contradicciones de este territorio fragmentado. O al menos lo fue hasta antes de que las maquinarias electorales decidieran canibalizarla. A partir de esta campaña, el significado ha mutado de forma dramática. Hoy, ponerse la camiseta amarilla ya no es un acto de fe futbolística o de simple afecto patrio; hoy salir a la calle con ella encima se ha convertido en una declaración hostil de militancia o en un desafío abierto frente a los contradictores del “abelardismo” (si esta doctrina esperpéntica pudiera existir). Hoy nos han despojado del último refugio donde podíamos mirarnos sin sospechas, y han convertido una prenda de fiesta en un uniforme de combate ideológico.

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