Hay elecciones que cambian un gobierno y otras que cambian el estado de ánimo de un país. La de ayer representa la esperanza de un nuevo rumbo y la tranquilidad de sentir que las instituciones y la Constitución siguen siendo el marco sobre el cual se construye nuestro futuro.
Es natural celebrar una victoria. Pero también es el momento de recordar una verdad que pocas veces asumimos: ningún presidente, por brillante que sea, puede resolver los problemas que durante décadas hemos generado entre todos.
La democracia elige un gobierno. La prosperidad la construye una ciudadanía.
Quiero reconocer el trabajo realizado durante la campaña. La organización, la estrategia, la comunicación y la capacidad para conectar con millones de personas marcaron un estándar que seguramente influirá en las campañas futuras. Anhelo que esa misma disciplina se refleje ahora en la administración del país.
También quisiera hacer un pedido al nuevo gobierno. Los empresarios seguiremos haciendo lo que sabemos hacer: invertir, asumir riesgos, generar empleo y crear valor. No necesitamos privilegios; necesitamos reglas claras, respeto por el Estado de derecho y la máxima seguridad jurídica para planear el largo plazo.
Pero, sobre todo, necesitamos un gobierno que mire con decisión hacia la periferia colombiana: el Pacífico, La Guajira, el Catatumbo, la Amazonía, el oriente y tantos territorios que durante años han recibido menos oportunidades que discursos. Gobernar bien significa hacerlo especialmente para quienes no votaron por usted y para quienes sienten que el Estado nunca ha llegado realmente a sus vidas.
Sin embargo, el mensaje más importante no es para el Presidente. Es para nosotros.
Si queremos un país mejor, evitar nuevamente riesgos institucionales y asegurar un futuro promisorio, el cambio cultural debe comenzar hoy. Respetemos las normas de tránsito, aunque no haya un policía. No ocupemos un parqueadero para personas con discapacidad si no lo necesitamos. Cumplamos nuestras obligaciones fiscales aunque nadie las revise. Hagamos las filas sin buscar atajos. Paguemos justamente por lo que recibimos.
Asumamos los deberes y los derechos con base en los acuerdos, no con base en los deseos.
Nos hemos acostumbrado a esperar un héroe que resuelva lo que diariamente deterioramos con pequeñas incoherencias. Porque el cambio colectivo siempre empieza con decisiones individuales: detenerse en un semáforo, devolver lo ajeno, cumplir la ley y respetar al desconocido incluso cuando nadie mira ni aplaude esos actos que construyen país.
El verdadero desarrollo no nace únicamente de una reforma o de un decreto. Nace cuando millones de ciudadanos deciden actuar con la misma ética que exigen a sus gobernantes.
La Constitución puede proteger la democracia. Un buen gobierno puede impulsar el crecimiento. Pero una nación solo alcanza su mejor versión cuando su gente practica, todos los días, una coherencia extrema.












