Una cosa es ser irreverente y otra cosa ser irrespetuoso; el segundo es un insolente mientras que el irreverente es un simple provocador.
El irrespetuoso maltrata a las personas o instituciones de manera directa o grosera; el irreverente simplemente critica a las personas sin mostrar adulación ninguna, muchas veces resaltando errores o carencias del personaje o institución a que se refiere.
Se puede ser irrespetuoso cuando se ataca frontalmente a una persona dejando de lado las normas de convivencia, mientras que se es irreverente cuando se tiene la posibilidad de oponerse a esa persona dentro de las normas propias del comportamiento social.
Una persona puede ser respetada pero no venerada y allí está la diferencia entre irrespeto e irreverencia, es decir, podemos oponernos, lo cual puede ser irreverente, pero si nos salimos de las normas de comportamiento, la actitud termina siendo irrespetuosa.
Es costumbre social que algún tema merezca respeto y otro, reverencia; los símbolos patrios deben ser respetados y los de la iglesia pueden ser reverenciados. Todo irrespeto es reprochable, pero una irreverencia puede ser simplemente una conducta que desconoce algo, pero no necesariamente de manera ofensiva o desconsiderada.
La conducta del ministro Benedetti con la magistrada de la Corte Suprema de Justicia es claramente un irrespeto que debe ser reprochable e incluso sancionable administrativamente; en cambio, el desacuerdo con la acción que se critica manejada dentro de los límites de la cordura puede llegar a ser simplemente una irreverencia.

Las instituciones sociales como la justicia y sus componentes o la iglesia y sus representantes merecen respeto, pero no reverencia, es decir, podemos no compartir sus criterios, pero no podemos agredirlos con palaras disonantes, canallescas o simplemente ofensivas.
Cuando una actitud irrespetuosa se queda sin sanción social pone de manifiesto la existencia de una sociedad en donde se puede irrespetar porque no pasa nada, mientras que una sociedad que sanciona socialmente los actos irrespetuosos pone de manifiesto que tiene líneas sociales que no se deben cruzar sin pagar las consecuencias de hacerlo.
Adicionalmente, la posición social del irrespetuoso agrava su conducta, pues un representante de la autoridad debe tener un comportamiento razonable y no ser un patán de barrio a quien lo tiene sin cuidado las demás personas.
El problema es que cuando el grupo al que pertenece esa persona lo dirige también un bárbaro, las respuestas serán proporcionadas al guache que las adopta, que pueden ser peor que el acto del agresor.
Por eso tememos que el agravio en comento se quedará así, pues no habrá quien tenga el coraje de sancionar la conducta del agresor.
Vayamos viendo qué momento estamos viviendo en este país del Sagrado Corazón.











