Hay quienes creen que el derecho a la libertad es un asunto distante, un riesgo reservado para los imprudentes, los temerarios o los que “andan en cosas raras”. Esa idea —arrogante e ingenua— no debe tener eco en la sociedad colombiana. Pensamos que la cárcel es un universo paralelo, que jamás nos tocará, que “portarse bien” nos hace inmunes. Sin embargo, una imprudencia fatal, una emoción mal calculada, una confianza excesiva en nuestra supuesta sagacidad o un simple engaño pueden hacer que cualquiera cruce la línea y quede atrapado en el sistema penal. Nadie está exento. Esa es la verdad que preferimos no mirar.
Por eso no deberíamos ser indiferentes al derecho a la libertad. Porque la libertad no es un privilegio de los que “nunca se equivocan” —es un derecho frágil, vulnerable a los errores humanos y a las fallas del Estado—. Un giro desafortunado, un mal consejo, una reacción impulsiva o la típica sensación de “a mí no me cogen” pueden cambiar la vida en un minuto. Y cuando la puerta se cierra, cuando el Estado toma control absoluto del cuerpo y del tiempo, la realidad golpea sin avisar.
Hoy vale la pena darle la bienvenida a quienes recuperan ese derecho. Están ante una oportunidad que no todos tienen: renacer. Salir en libertad después de haberla perdido es un acto auténtico de conciencia. La libertad vuelve distinta. A veces, más humilde. A veces, más lúcida. Casi siempre, más agradecida. Dicen que solo valoramos lo que hemos perdido; quienes regresan de la privación lo saben mejor que nadie.

La libertad no es solo caminar por la calle: es volver a escuchar el ruido de la ciudad sin pedir permiso. Es elegir la hora de salir, de conocer, de compartir, sin controles ni autorizaciones. Es volver a decidir. Ese simple acto —decidir— es el fundamento de la dignidad humana. Y por eso su pérdida es tan devastadora.
Pero la reflexión debería ser colectiva: ¿por qué no nos interesa la libertad hasta que está en riesgo? ¿Por qué creemos que la justicia es asunto de otros? ¿Por qué pensamos que nadie cercano puede equivocarse? Si viviéramos con más conciencia de nuestra fragilidad, seríamos menos punitivos y más sensatos; menos inclinados al linchamiento moral y más atentos a estos derechos.
Quienes hoy recuperan la libertad tienen derecho a empezar de nuevo. Y nosotros, como sociedad, debemos entender que ese derecho también nos concierne: nadie está a salvo de invocarlo algún día. La libertad no admite indiferencia.
Bienvenidos a casa: renacer es posible. Solo valora la libertad quien alguna vez la perdió. ¿Debe llegar la vida a ese extremo para aprenderlo? Esa es la pregunta incómoda que todos evitamos.










