Muchas de las críticas a la compra de los aviones Gripen me recuerdan cuando el presidente Betancur le dijo no al Mundial Colombia 1986 porque según él, había que hacer escuelas. Al final, nos quedamos sin mundial y sin escuelas.
Y es que, si para algo ha servido el peligroso despliegue naval de Trump en el Caribe con el argumento falaz de la guerra contra el narcotráfico, es para poner en evidencia la tremenda vulnerabilidad que tenemos en Latinoamérica en términos de defensa.
Si bien Venezuela cuenta con algunas armas avanzadas como los aviones Sukhoi Su-30, misiles antiaéreos portatiles Igla-S o drones tipo Arpía 1 (ANSU-100/Mohajer-2); la región carece de capacidades disuasivas contundentes frente a amenazas como la que hoy representa Washington.
Para comenzar porque no existe un foro regional que pueda articular a los distintos países en términos de defensa colectiva como en su momento lo fueron UNASUR y el Consejo Suramericano de Defensa, instituciones que el gobierno Duque ayudó a enterrar por su miopía ideológica. En segundo lugar, porque esa vulnerabilidad es una de las consecuencias más preocupantes de involucrar a nuestros militares en el anticomunismo y tras el fin de la Guerra Fría, en la persecución de las denominadas “nuevas amenazas”, desatendiendo su misión clásica de la defensa de la integridad territorial.
Al tiempo que es necesario preguntarnos por el papel que están cumpliendo las universidades militares en aspectos clave como el de la doctrina.
Por eso es demagógico el argumento de algunos opinadores según el cual, el estado colombiano no puede gastar en su defensa porque hay ciudadanos sin educación, vivienda o saneamiento básico. El ejercicio de la soberanía marítima, terrestre y aeroespacial por parte del Estado, no solo frente a grupos armados domésticos como ante los apetitos de otros Estados, constituye una necesidad existencial para la nación; sobre todo en esta coyuntura internacional marcada por un aumento del riesgo geopolítico.
Irresponsable sería haber despilfarrado dinero público repotenciando nuestra obsoleta flota de Kfir como lo hicieron los gobiernos de Santos y Duque, a pesar que la Fuerza Aérea había planteado la necesidad de reemplazarla desde 2011.
Y así, ante los argumentos técnicos, económicos e incluso geopolíticos que evidencian la superioridad de los Gripen comprados por Colombia frente a los F-16 estadounidenses; los Rafale de Francia o los Typhoon del Reino Unido; quienes han acusado al gobierno de debilitar a las fuerzas armadas, hoy echan mano de la demagogia o atizan suspicacias alrededor de presuntos sobrecostos.












