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Jueves 30 de julio de 2026 - 01:00 AM

¿Necesitas adrenalina… o necesitas un problema?

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Hace muchos años, mi psiquiatra me dijo una frase que nunca olvidé:

“Si tú no estás metido en un problema, no estás tranquilo. ¡Qué bendita costumbre la tuya de estar siempre metido en un verg***ero diferente!”.

En ese momento me molestó. Pensé que exageraba. Con el tiempo entendí que no era una crítica; era un diagnóstico sobre una forma de vivir.

Algunas personas no saben habitar la calma. Cuando todo marcha bien, sienten una inquietud difícil de explicar. Entonces, casi sin darse cuenta, buscan un nuevo desafío, una nueva crisis o un nuevo riesgo. Es como si el cerebro hubiera aprendido a sentirse vivo únicamente cuando la adrenalina está al máximo.

No hablo solo de quienes practican paracaidismo, motociclismo, escalada o deportes extremos. También están quienes siempre emprenden un negocio imposible, quienes viven apagando incendios, quienes no pueden decir que no, quienes convierten cada semana en una carrera contra el reloj o quienes parecen elegir relaciones complicadas una y otra vez. De hecho, en mi consultorio comencé a darme cuenta de que no era el único al que le gustaba vivir de esa manera.

La adrenalina es fascinante. Nos hace sentir despiertos, fuertes, capaces. Evolutivamente fue diseñada para ayudarnos a sobrevivir. El problema aparece cuando dejamos de buscar momentos de adrenalina y empezamos a necesitarla para sentir que estamos viviendo.

Con el tiempo, el cerebro puede acostumbrarse a esa intensidad. Y entonces la tranquilidad deja de sentirse como paz para empezar a sentirse como aburrimiento.

He conocido personas que, cuando finalmente alcanzan la estabilidad, sin proponérselo terminan creando un nuevo conflicto. No porque disfruten sufrir, sino porque el silencio les resulta extraño. La calma les incomoda.

Confieso que, durante muchos años, esa frase de mi psiquiatra me acompañó como un espejo incómodo. Me hizo preguntarme cuántas veces había confundido intensidad con plenitud, movimiento con propósito y crisis con crecimiento.

Hoy sigo disfrutando los retos. Me apasiona competir, asumir desafíos y salir de mi zona de confort. Pero también he aprendido que una mente sana no solo sabe acelerar; también sabe detenerse.

Quizá la verdadera madurez no consiste en vivir permanentemente al límite. Consiste en descubrir que la paz también puede emocionar.

Porque el mayor riesgo de todos no es lanzarse desde un avión ni practicar un deporte extremo.

El mayor riesgo es creer que solo estamos vivos cuando estamos al borde del precipicio.

Y durante muchos años yo “vivía” al borde de ese precipicio… La pregunta realmente es: ¿estaba buscando adrenalina o estaba buscando qué había al final del precipicio?

¿Y tú, que estás leyendo esta columna, qué estás buscando?

Bienvenidos a la clínica del alma.

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