Creo que Metrolínea terminó convertido en la vergüenza más grande que hemos cargado en años como ciudad. No se necesita ser experto en transporte para verlo. Basta con pasar por una estación. Lo que antes era un proyecto de ciudad hoy es un recordatorio permanente del abandono: vidrios rotos, estructuras oxidadas, ambulantes por doquier y, en algunas zonas, personas consumiendo bazuco a plena luz del día.
Lo más indignante es que esta ruina no es obra de un solo gobierno. Aquí no hay un culpable único. Son varios los mandatarios, secretarios, gerentes, los que, en cadena, dejaron morir un proyecto que funcionaba. Sí, funcionaba. Con problemas, con retrasos, con demoras, pero funcionaba. Hasta que lo dejaron quebrar, lo dejaron sin buses, lo dejaron sin operadora y lo dejaron sin propósito.
La crisis de Metrolínea es absoluta falta de liderazgo. De la incapacidad de pensar en la ciudad más allá del próximo tweet, la siguiente pelea política o el próximo contrato. Por eso hoy estamos en este punto absurdo: semáforos diseñados para un sistema que no opera; carriles exclusivos vacíos durante horas; estaciones que se han vuelto refugio de la marginalidad. Y lo peor y más absurdo: seguimos sancionando a ciudadanos por meterse a un carril “exclusivo” donde, muchas veces, no pasa ni un solo bus.
Explíqueme alguien cuál es la lógica de cobrarle multa al ciudadano cuando el sistema que se suponía debía usar ese carril lleva meses sin prestar un servicio digno. La autoridad de tránsito opera como si Metrolínea estuviera en pleno funcionamiento, cuando todos sabemos que no es así. Y esa incoherencia, además de injusta, erosiona la confianza en las instituciones.
Lo más preocupante, sin embargo, no es lo que vemos hoy, sino lo que no vemos: un plan serio para sacarlo adelante. Todos prometen reactivación, transición, buses “que ya vienen”, mesas técnicas y hojas de ruta. Pero mientras tanto, el tiempo pasa y la infraestructura se pudre. Y cuando una infraestructura pública se deteriora al ritmo que lo están haciendo las estaciones, lo que realmente se está deteriorando es la ciudad misma.
Bucaramanga merece algo mejor que esperar un milagro. Merece un sistema de transporte digno, seguro, funcional. Merece que los gobernantes dejen de hablar de “transformaciones” y empiecen, al menos, por asumir responsabilidades. Lo de Metrolínea es una vergüenza, una humillación. Y esa vergüenza la estamos pagando todos, incluso los que nunca usan el sistema.











