El nivel cultural de una nación se refleja en el comportamiento de sus ciudadanos en el espacio público. Cuando ha sido posible enseñar y asimilar la escala de valores, el respeto por lo ajeno y por lo que pertenece a todos, allí es posible comprobar qué está mal y qué está bien.
Nuestra Carta Fundamental, en sus artículos 20, 37, 38 y 40, ha sido clara en estipular el derecho a la protesta y la expresión ciudadana como una conquista que permite ofrecer garantías a quienes quieran manifestarse contra conductas públicas o decisiones de los organismos del Estado, pero de ninguna manera autoriza que esas manifestaciones atenten contra las personas o contra los bienes de uso público.
Cuando una protesta o manifestación de cualquier índole es anunciada, los habitantes de las ciudades entran en pánico, pues ello significa obstrucción de vías, agresión a los monumentos y a las fachadas con pintura y otras sustancias, atentados contra el buen estado de los bienes de uso público o de entidades con cierta notoriedad y la generación de hechos violentos que pueden llegar a comprometer la integridad de las personas que participan o que simplemente se encuentran en el camino.
Ya hemos tenido la oportunidad de referirnos, en otra columna, a la manera como se está afectando la economía por el efecto del bloqueo de las vías nacionales, con unas cifras que aterran a cualquiera y que llaman la atención por la ocurrencia tan frecuente y por las complicaciones que se derivan del incumplimiento de los acuerdos a que se llega.
Por otro lado, el blanco también se hace sentir en las universidades públicas, adonde llegan toda clase de encapuchados a sembrar el terror y producir toda clase de vejámenes y de actos de verdadero horror.
Y todo este panorama se seguirá repitiendo mientras no se identifiquen con claridad los límites de la protesta y se haga sentir el orden en defensa de los ciudadanos y en respeto de lo que significan los bienes públicos o privados, así como la integridad de las personas.
Mientras las autoridades encargadas del control del orden público no sean claras en cuanto a lo que es permitido y a lo que no lo es, el panorama no solo se seguirá presentando, sino que se agravará ante la mirada impotente de los ciudadanos de bien, que tienen que soportar todo este horrendo panorama.
La célebre frase de Benito Juárez, pronunciada en 1867, “El respeto al derecho ajeno es la paz”, todavía espera cabal cumplimiento en nuestro medio. Vivimos sumidos en un permanente ambiente de zozobra que, poco a poco, nos conduce al caos.











