Un buen ejercicio para comprobar qué tanto nos comportamos como un conglomerado civilizado es en el momento de usar un ascensor en sitios de alto flujo de personas. Quien guarda prudente distancia en la espera haciendo fila para abordar es atropellado, literalmente, por aquellos que llegan con más urgencia, que además, oprimen los botones de subir o bajar, no una vez, sino de forma obsesiva, como si ello le imprimiera al aparato más velocidad.
Muy pocos reparan, cuando la puerta se abre, en esperar a que los usuarios que vienen al interior salgan primero, y ya una vez adentro, el sentido común se extravía porque nadie quiere ir al fondo, así su destino sea un piso alto. En ese pequeño espacio se refleja lo que vemos a diario en las calles sin que, por acción u omisión, nos demos cuenta de la clase de ciudadanos en que nos hemos convertido. Quien tome la iniciativa es ‘funado’, como llaman hoy en día los más jóvenes al ‘saboteo’ digital, lo que de a poco nos va convirtiendo en una especie de salvajes citadinos en donde impera el más fuerte, osado, gritón o vivo.
Ahora, en plena campaña política para escoger alcalde en propiedad de la que fuera la ciudad más cordial de Colombia, hace ya por lo menos cuatro décadas, es muy poco, diría que nada, lo que se encuentra entre las propuestas de gobierno de los candidatos, para este segundo tiempo que se avecina, sobre el particular.

La discusión gira mayoritariamente en torno a grandes obras de infraestructura, casi que a manera de lamento, sin duda necesarias, pero que figuran más como titulares llamativos para atrapar incautos cuyo incipiente desarrollo ha pasado de mano en mano sin que logren su ejecución porque todo se ralentiza en la maraña de los estudios fase uno, dos y tres así como los trámites obligatorios, los cuales se quedan, por lo general, a mitad de camino. Un solo ejemplo: desde la funesta administración de Néstor Iván Moreno Rojas, hace 25 años, se viene hablando de la intervención de la calle 56 con carrera 27, que a veces es puente elevado y en otras es deprimido, pero a lo sumo hemos avanzado es en maquetas, renders o piezas de Fisher Price.
Mientras tanto la ciudad se endurece en su espíritu, con el alma empobrecida, haciendo de lo público un negocio para unos pocos inescrupulosos que aprovechan el cuarto de hora para convertir la ciudad en la que crecimos en tierra arrasada. Ni un peso para un proyecto común, a largo plazo, no para ‘campañas pedagógicas’ insulsas, si no para construir un verdadero modelo de cultura ciudadana que trascienda por generaciones. Nadie se arriesga, no representa votos.











