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Viernes 19 de diciembre de 2025 - 01:00 AM

Salvajismo de algunos motociclistas

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Es claro que debemos convivir con los motociclistas; sin embargo, en los últimos tiempos se han convertido en un verdadero problema social. En primer lugar, por la forma imprudente en que conducen; en segundo lugar, por el desconocimiento sistemático de las normas de tránsito, que pareciera no serles aplicarles y, finalmente, por la manera francamente violenta en que reaccionan cuando se ven involucrados en un accidente.

Un caso reciente ilustra esta situación: un motociclista incurrió en una de las imprudencias más comunes: intentar pasar entre dos vehículos que se encontraban en movimiento. En dicha maniobra golpeó una camioneta, perdió el equilibrio y cayó al suelo, un hecho que, aunque reprochable, es relativamente frecuente. Lo verdaderamente alarmante fue su reacción posterior: se levantó de inmediato, tomó su casco y arremetió contra el conductor del vehículo, como si éste fuera responsable de lo ocurrido. Esta conducta provocó que otros motociclistas, sin relación alguna con el hecho, se sumaran al ataque, y como una auténtica horda, agredieran tanto al conductor como al vehículo, golpeándolo con cascos, ocasionando graves daños materiales y poniendo en riesgo la vida de éste, en un acto claramente violento e irresponsable.

Cabe resaltar que el motociclista involucrado inicialmente no sufrió lesión alguna. No obstante, decidió además patear el vehículo, acción durante la cual sí se lesionó, para luego, con absoluto descaro, alegar que dicha lesión había sido a consecuencia del accidente sufrido al caer de la motocicleta.

Este tipo de comportamientos no es un hecho aislado. Por el contrario, se ha convertido en una constante: ante cualquier accidente, se reúne de inmediato un grupo de motociclistas que recurre a las vías de hecho. Su número y agresividad intimidan a los conductores, quienes en muchas ocasiones terminan asumiendo costos definidos arbitrariamente por los propios motociclistas, aun cuando éstos sean los verdaderos responsables por su imprudencia.

Esta reacción irracional ha llegado a tal punto que, en muchos casos, parece preferible abandonar el lugar del accidente antes que enfrentar la violencia colectiva que se genera a su alrededor. El conductor queda completamente indefenso, y cualquiera que sea la causa del accidente, su integridad física comienza a estar en riesgo, lo que hace comprensible, aunque jurídicamente reprochable, que se priorice la preservación de la vida frente a la imprudencia ajena, toda vez que al conductor no hay quien lo defienda.

Cuando se recurre a las vías de hecho, consideramos que se pierde toda legitimidad para exigir el cumplimiento de las normas de derecho y de responsabilidad social.

Como si la violencia cotidiana no fuera suficiente, ahora debemos enfrentar también la violencia ejercida por algunos motociclistas incapaces de obrar racionalmente como debería ser.

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