Sin duda, la calidad de la democracia depende de la salud de los partidos políticos. Sin embargo, en Colombia atraviesan una profunda crisis de credibilidad y legitimidad, por abandonar su función esencial de ser gestores de las necesidades del ciudadano ante el Gobierno, para dedicarse al mercadeo de avales y convertirse en maquinarias electorales al servicio de clanes e intereses particulares.
Cuando los partidos toman decisiones a puerta cerrada y a sus espaldas, la militancia no se siente representada, lo que debilita el sentido de pertenencia y propicia el fraccionamiento. Peor cuando canjean principios por contratos y migajas de burocracia que el Gobierno de turno les arroja sobre la mesa. Actitud sinónimo de corrupción que desacredita el ejercicio público del congresista y facilita su acción ilegal.
Esa tendencia ha incidido en la fragmentación actual, 32 partidos y la proliferación de “Movimientos Significativos de Ciudadanos”, unos y otros sin ideología política que garantice la lealtad de los votantes. Esa ausencia ideológica le impide al ciudadano identificar posturas sobre asuntos fundamentales como la salud o la seguridad, para ubicarlos en algunas de las posiciones del espectro político: izquierda, derecha o centro político. Por eso, a excepción del Centro Democrático y Cambio Radical, ubicables en la derecha, o el Polo Democrático, Colombia Humana y Partido de los Comunes en la izquierda, los demás, ni siquiera pueden estar en el centro. Ellos pueden ser denominados como “partidos péndulos”, caracterizados por su capacidad para oscilar entre la centroizquierda y la centroderecha, según las fluctuaciones del viento de la contratación y los puestos de trabajo.
Esa palpable situación en los partidos, desorienta al elector y lo torna desconfiado, convirtiéndolo en presa fértil para el populismo y frágil para robustecer la polarización entre buenos y malos que nos asfixia y que se alimenta con el “antiuribismo” y el “antipetrismo”, mientras que los problemas reales de la nación se encuentran en un segundo plano.
Crisis que se torna real con el espectáculo en el que se observa a los mismos de siempre (aquellos que traicionando al partido apoyando al gobierno), sin escrúpulos, saltando de partido en partido para retornar al Congreso y repetir su acción, engañando al elector. O funcionarios del actual gobierno camuflados en las listas de partidos tradicionales, jugando a la doble, por si gana la derecha o sigue la izquierda. Esos sinvergüenzas hay que castigarlos en las urnas, negándoles el voto. Son el mayor peligro para la democracia desvencijada que tenemos.
Ante esta caótica situación nos corresponde como ciudadanos elegir a los más honestos, serios y responsables, apoyándolos con un voto libre, consciente y si retribuciones,
¿Qué debe hacer el ciudadano para fortalecer los partidos y mejorar la democracia? Lo diremos en la siguiente columna.












