Este 25 de diciembre el país despierta con la mezcla inevitable de afecto, cansancio, y desorden que deja la Nochebuena. Vivimos la Navidad como pudimos: entre reuniones, novenas, baile, gestos improvisados y alguna reconciliación que no esperábamos. Sin embargo, casi todos hicimos algo extraordinario por alguien: un regalo sencillo, una llamada pendiente, un mercado entregado sin ruido, un encuentro postergado. Dimos más de lo habitual, demostrando que la solidaridad existe, aunque la ejercemos con cautela.
Y, aun así, la temporada no ha terminado. Faltan pocos días para el Año Nuevo, siete días para que la atmósfera que nos vuelve más sensibles se desvanezca. Este tramo final es una oportunidad para preguntarnos si lo que dimos en Navidad fue un gesto fugaz o el inicio de una manera distinta de mirar a quienes comparten con nosotros sus propias batallas cotidianas.
Lo ocurrido estos días de diciembre confirma que sí podemos comportarnos con solidaridad. La empatía apareció sin necesidad de esfuerzos: surgió en palabras inesperadas, en la mano ofrecida a quien solemos evitar, en la disposición de escuchar y compartir. Pero también mostró su fragilidad, porque nuestra solidaridad es estacional; depende del ambiente, del ritual y de la idea cómoda de que diciembre autoriza la cercanía que el resto del año sustituimos por prisa, distancia y desconfianza automática.

Por eso estos siete días importan más de lo que admitimos. Son un territorio intermedio que permite decidir si la generosidad reciente fue decorativa o auténtica. Podemos repetir el gesto fácil o ensayar algo más profundo: acompañar sin necesidad de fecha, preguntar sin interés oculto, corregir un distanciamiento silencioso. Aquí se define si lo ocurrido anoche fue un paréntesis emocional o el anticipo de la cohesión que este país necesita para no quebrarse.
Y, sobre todo, este tramo final de la Navidad es la invitación más honesta que tendremos en mucho tiempo: aprovechar estos siete días para verificar si nuestra empatía puede sostenerse sin villancicos. No se trata de regalar más, sino de mantener la disposición a mirar al otro sin convertirlo en carga. Si logramos preservar ese gesto elemental, quizá descubramos que la transformación no empieza con el Año Nuevo, sino cuando decidimos no apagar lo que encendimos.
Quedan, entonces, siete días para decidir si repetiremos el hábito de olvidar todo en enero o si aprovecharemos este pequeño respiro para entrenar una forma distinta de convivir. No necesitamos alardes, solo constancia. Cada gesto de estos días puede volverse una costumbre mínima, casi imperceptible, pero decisiva. Si algo demostró esta Navidad es que la solidaridad no es imposible; exige voluntad y un poco de disciplina emocional para sostener lo que ya somos cuando queremos serlo: buenas personas.











