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Martes 06 de enero de 2026 - 01:00 AM

No tocar, peligro de muerte

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Bucaramanga hoy se mira en el espejo de los abismos de la fractura urbana, donde casi un tercio de nuestra gente intenta sembrar un hogar en el aire de la precariedad, en la tierra del no tocar, peligro de muerte. Son ciento ochenta barriadas de barro y esperanza donde la mano del Estado llega tarde, o simplemente se pierde en el laberinto de sus propias formas. El reto no es solo de cal y canto; es la nostalgia de una visión que insiste en mirar el mapa como un rompecabezas de piezas sueltas, cuando la realidad nos grita que somos un solo cuerpo.

Al caminar por los filos de la zona norte o los descolgados de la escarpa, se siente el absurdo del límite. Para el humilde que levanta su techo con el afán de la necesidad, la frontera es un hilo invisible; para la madre que aguarda la gota de agua que el acueducto no le ha prometido, el lindero municipal un silencio burocrático. El deslizamiento, ese visitante trágico de nuestras lluvias, no pide permiso al entrar a Girón ni se detiene ante el letrero de Floridablanca. Las fronteras son solo reales en los pergaminos de oficinas, donde se guarda con celo una noción de “identidad” que, a veces, parece más una excusa para la división que motivo de encuentro.

Los himnos alaban el honor, la hidalguía, la armonía de los ríos. Pero bajo el sol incandescente de la meseta, todos respiramos el mismo aire y padecemos la misma fragmentación.

Juntos y separados, con amor bonito, parejos disparejos, estamos asfixiando los pulmones de la tierra y no hemos escrito una sola partitura para el suelo. Cada municipio ensaya su propio ritmo, mientras el patrimonio natural de la región se nos va entre los dedos por falta de una mirada de conjunto. Sostener cuatro techos para una misma casa es un anacronismo que diluye el tesoro público: el recurso destinado a la dignidad y la seguridad de la ladera se desvanece en las costuras de la redundancia institucional.

Es precisamente en el umbral donde el mapa se agota donde nacen las tierras de nadie; vacíos de jurisdicción donde la sombra de la irregularidad se refugia para lucrar con la sagrada necesidad de un hogar bajo el sol. Ante esta fragmentación, llega el momento de que nuestra inteligencia colectiva componga la estrofa de la unidad metropolitana, elevando las identidades locales a un solo destino compartido.

Armonizar la planeación y los servicios no es una renuncia, sino el acto de reconocer que todos habitamos la misma piel urbana. Mientras el mapa permanezca roto, seguiremos siendo una potencia contenida: una región de grandes sueños gobernada bajo la timidez de las fronteras pequeñas.

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