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Domingo 11 de enero de 2026 - 01:00 AM

Iba a ser conductor de un carro fúnebre

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Hace muchos años Julio César Ruiz Castellanos leyó un aviso clasificado en Vanguardia Liberal que decía: “se necesita conductor para limosina, favor presentarse con hoja de vida al Edificio Bancoquia, calle 35 17-77 piso 8, indispensable pase de conducción”. Julio era un adolescente y desde niño ayudaba a su padre Héctor Ruiz, en la empresa que él había montado después de llegar de Suaita junto a su esposa buscando un futuro para su familia en la ciudad de Bucaramanga.

Se radicaron en Campo Hermoso y mientras atendía a los vecinos del sector en una tienda que le fiaba a medio mundo, el pequeño Julio estudiaba en el Colegio Aurelio Martínez Mutis; al mismo tiempo soltaba los cuadernos y cogía un canasto lleno de paquetes de papas -más conocida como papa pobre-, patacones y chicharrones, para venderlos puerta a puerta recorriendo las calles de la ‘Ciudad de los Parques’ y muchos de esos productos terminaron tiempo después en las salas de cine tales como el Sotomayor, el Riviera,, el Ana Lucía, el Unión y de paso el Rosedal. Quienes veían películas para adultos también comían papas fritas en bolsa, cuyo nombre de la marca en la década del 70 era “Go-Go”.

Julio César llegó muy temprano al Edifico Bancoquia ubicado en la Calle del Comercio; iba bien vestido, con pantalón negro bota campana, camisa blanca abotonada hasta el cuello, zapatos de charol y peinado con gomina para no despelucarse. Antes de presentarse a la entrevista, se encontró con una amiga quien le preguntó qué carajos hacía ahí; Julio le respondió: “vengo para el puesto de conductor de limusina, yo tengo pase y sé manejar”. El hijo de don Héctor y doña Lucila había aprendido a conducir en un camión pequeño y llevaba los productos que fabricaban de manera artesanal en La Victoria cuyo logo era una campesina santandereana, homenaje de su padre a la tierra que lo vio nacer. Cuando le tocó el turno, Julio respondió una a una todas las preguntas y minutos después el entrevistador le dijo: “¿Usted sabe para qué es este puesto?” El adolescente respondió de manera inocente: “sí, para manejar una limusina”. El tipo le soltó de una lo siguiente: “en efecto, es una limusina, pero de una funeraria, es para trabajar con la Funeraria Los Ángeles”. “Pipe, de solo pensar que debía recoger los muertos, maquillarlos y meterlos en un cajón, dije que no y salí volando. Casi me muero yo, pero del susto”.

La empresa de su padre no marchaba bien y Julio César se hizo cargo de la misma; terminó arrendando una casa en el barrio La Concordia y por cosas del destino, ¡terminó embargado! Gracias a un cuñado superó ese impase, estaba estudiando Administración de Empresas en la Universidad Cooperativa de Colombia y ponía mucha atención en las clases, al tiempo que le preguntaba a sus profesores qué hacer en tal o cual situación. Con las fórmulas resueltas en sus cuadernos, siguió marchando con su empresa a paso firme y empezó a viajar a las ferias de snacks en los Estados Unidos; buscó asesoría internacional y mejoró la calidad y el sabor de sus productos. Lo convencieron para patrocinar casi todos los deportes en nuestro departamento, “porque el deporte genera sentimientos”. ¡Esa frase de Julio me encantó! Hace un par de años, consolidó un sueño: el de tener una moderna planta industrial y lo logró. Hoy en día están funcionando desde la zona industrial de Guatiguará y exportando sus productos a Asia, Europa y al Medio Oriente. Tiene como apoyo fundamental a su esposa Delfina y a sus hijas Paula y María Fernanda. Por si acaso, su nieta se llama María Victoria. Da empleo, “porque el empleo es seguridad”. Los domingos me lo encuentro caminando por senderos ecológicos y le agradezco comprando cebollitas y chicharrones sin los cuales no puedo llegar a casa porque a mis hijos les encantan. Un abrazo Julio y que siga cosechando más victorias, ¡se lo merece!

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