Mientras que el mundo termina de asimilar el golpe dado sobre la mesa por el cáustico presidente de los Estados Unidos, al que sus homólogos tienen ahora, luego de la extracción del dictador Nicolás Maduro de Venezuela, por qué temer, el ritmo vuelve, en nuestra cotidianidad más próxima, a tomar su cauce. En el caso de Bucaramanga, su nuevo alcalde ha hecho movimientos dentro del gabinete que le permitan encarar los dos años que estará en el cargo, en los que tendrá que confirmar las razones por las cuales se ganó ese derecho, y Girón se alista para, en ocho días, elegir al reemplazo del anulado Campo Elías Ramírez quien, por aquellas cosas del malabarismo jurídico en el país de Santander (Francisco de Paula), intentará hacer un doble salto y caer, nuevamente, en la silla que se vio obligado a ceder ‘temporalmente’. Vivir para ver, decían mis mayores.
Es en ese municipio en donde el señor gobernador, el general retirado Juvenal Díaz Mateus, quiere invertir ciento diecinueve mil millones de pesos en la transformación de la plaza de toros El Señor de los Milagros, terminada de construir en 2002, en un centro polifuncional de eventos, proyecto cuestionado en su forma de adjudicación por diferentes veedurías las cuales reclamaron falta de transparencia por parte de la administración departamental en la modalidad escogida -esquivando la Ley 80 de 1993- para llevar a cabo la selección del contratista. “Siempre van a criticar; lo importante es hacer la obra y hacerla rápido”, respondió en sus redes el exmilitar. Ojalá, en esta oportunidad, el billete alcance para pavimentar las vías de acceso porque, detalle que seguramente por ignorante nunca he podido entender, en el país de Santander (Francisco de Paula), se inauguran puentes sin vías que lo conecten o bibliotecas sin libros, como ocurrió hace algunos años, cuando en ese municipio el hermano del ahora exalcalde, que quiere volver a serlo, lo hizo.
El pretendido centro, que sirvió en sus inicios para albergar faenas taurinas memorables, estuvo ‘durmiendo’ durante años al lado de otro centro de espectáculos, el reconocido Cenfer, el cual ha tenido que vivir sus propias vicisitudes para no correr la suerte de tantas iniciativas que, como la antigua plaza, se construyen y reconstruyen al vaivén de los intereses de los gobernantes de turno, sin pensar en el largo plazo.
Porque, ya que estamos hablando de espectáculos, ahí está la historia de otro escenario, Neomundo, que mutó de parque interactivo a centro de convenciones, cuyo último capítulo se escribió a la sazón del relevo de dos directores, en apenas dos meses, por cuenta de esa peculiar enfermedad de quienes se turnan en el poder: la vanidad. Como decían mis mayores, vivir para ver.












