Los recientes sucesos de Venezuela pusieron a muchas voces a hablar de la soberanía. Para la mayoría, la soberanía es un objeto material que puede ser poseído o perdido. Para los que se representan el mundo mágicamente, es una fuerza espiritual que puede ser invocada en grandes manifestaciones públicas, como hacen los espiritistas en sus sesiones secretas. Pero, vista de cerca, la soberanía no es una cosa material, sino un atributo esencial de las relaciones humanas. Y como los seres humanos se cuentan por millones, es un estado especial de los equilibrios de poder entre ellos, en algún momento determinado.
Summa potestas fue el nombre original de ese atributo, en el momento histórico en que el máximo poder se concentró en la figura de un rey soberano. En el fondo, es la aspiración máxima de los auténticos estadistas: que el Estado que conducen incremente su poder, en el equilibrio de los poderes de todos los Estados, y que por ningún motivo se debilite. Como después de las revoluciones hispanas el poder soberano pasó del rey a la nación, los estadistas quedaron obligados a defender los grandes intereses nacionales, es decir, el máximo poderío para las naciones. Hay pseudoestadistas que debilitan el poder de los Estados con sus palabras y sus decisiones, y hay estadistas auténticos que lo incrementan, así digan, como Winston Churchill en mayo de 1940, “no tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”.
Un estadista no tiene que ser muy simpático, como lo fue Enrique Olaya Herrera con sus ojos verdes y sus ademanes majestuosos. Es, simplemente, un antipático que le dice a algún otro jefe de estado: “¡Harás lo que yo te mande!”. Y si este obedece, a regañadientes, es porque no tiene el atributo de un poder soberano, porque sus antecesores lo destruyeron. Cada jefe de Estado debería ser evaluado con este cartabón: ¿en cuánto incrementó el poderío de la nación que conducía? Si un estadista no tiene cada día, ante sus ojos, los intereses nacionales, es porque se equivocó de misión. Mejor debería fundar una nueva religión del amor al prójimo.











