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Lunes 19 de enero de 2026 - 01:00 AM

Las certezas propias

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Cada día se hace más evidente la dificultad para que los análisis racionales merezcan atención. Muchas personas se repliegan en sus prejuicios y buscan, ante todo, afianzar sus creencias. Paradójicamente, un aliado decisivo de ese encerramiento es un instrumento universal: internet. Lejos de suscitar inquietudes que ayuden a formar opinión, los algoritmos alimentan preferencias y refuerzan convicciones, defendidas con inusitada beligerancia. La provisión fácil de respuestas inmediatas reduce el ejercicio del juicio: la mente se acostumbra a recibir conclusiones, no a elaborarlas.

Esta situación reviste especial gravedad porque implica una regresión cultural, al hacer inviable encontrar soluciones universalmente válidas. Construir acuerdos razonables es cada vez más difícil y los conflictos quedan gobernados por sesgos cognitivos o impulsos emocionales. Diversos pensadores han expresado sus inquietudes ante el declive de la argumentación como vía para tramitar diferencias. De manera tácita se ha llegado a aceptar que la verdad termina siendo impuesta por quien, en ejercicio del poder, clausura con la fuerza cualquier discrepancia.

El auge del criterio de que la opinión personal no necesita justificarse confiere a los individuos un ropaje de autenticidad que, al ser excluyente, fomenta el aislamiento o el refugio en la tribu con la que se comparte identidad. Esta apelación al “respeto” por las creencias propias puede conducir a interpretaciones fatales. Al respecto, José Antonio Marina, en su libro La vacuna contra la insensatez, recuerda seis ideas que parecen contundentes pero que, en el fondo, se convierten en virus morales, según Andy Norman: “1) Mis creencias son privadas y no conciernen a nadie más que a mí. 2) Tenemos el derecho a creer lo que nos dé la gana. 3) Los valores son subjetivos/relativos, es decir, son un set de preferencias arbitrario. 4) No tenemos el derecho a criticar los juicios de valor de los demás. 5) Los compromisos con los valores básicos no están sujetos a evaluación racional. 6) Cuestionar los valores fundamentales de otra persona es intolerante, ofensivo e inamistoso.”

Conviene tener en cuenta una diferencia, pequeña en apariencia pero decisiva, que establece Marina: “El derecho a la libertad de creencias protege al individuo que cree, no al contenido de la creencia. Es verdad que las creencias son privadas, pero pueden dirigir comportamientos públicos. Las creencias religiosas dirigieron los autos de fe de la inquisición. Si todas las opiniones son respetables, también lo serán las de los dictadores violentos, machistas y fanáticos”. Bajo esta consideración es entendible el riesgo al que estamos abocados. Si la crítica se deslegitima y la evaluación racional se vuelve inaceptable, la verdad deja de ser una búsqueda progresiva y se convierte en decisión del poder.

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