Tachar cada día en el calendario de bolsillo era, de cierta forma, el aliciente que el soldado tenía para llevar la cuenta regresiva que lo conduciría a ‘la baja’, el anhelado regreso a la vida ‘civil’, en parte porque el servicio militar había sido satanizado como un castigo, o también, lo más parecido a la pérdida de libertad puesto que una inmensa mayoría de quienes hemos tenido que estar bajo banderas no lo fue por gusto propio, era un temido deber que los hombres ‘cargamos’ con la graduación como bachilleres y, casi al mismo tiempo, ante la llegada de la mayoría de edad.
Eso significaba poner el proyecto de vida en pausa mientras que, sonaba a ironía, resolvíamos nuestra ‘situación militar’. La familia cedía a la patria, en calidad de préstamo, a uno de sus integrantes que, a lo mejor, tenía alguna idea de lo que significaba hacer parte de una tropa por alguna experiencia de boy scout, pero nunca cargar un arma entre sus manos, mucho menos a una edad en la cual la obediencia no era precisamente el comportamiento más común.
De un día para otro, hace cuarenta años, el azar nos juntó a un grupo de ‘reclutas’, a vivir un universo de experiencias, al margen del orden cerrado, la gimnasia básica sin armas, el ‘volteo’ físico para atemperar el carácter, el aprendizaje de los himnos de guerra, la ‘relación’ mañana, tarde y noche, el canto a gritos del himno nacional con sus doce estrofas, la cuidadosa presentación personal, la limpieza de los alojamientos, las pruebas de tiro al blanco, las trasnochadas prestando guardia, y así, cada cosa que, en ese entonces, significaba la disciplina militar.
Cuatro décadas después, ‘costelo’, ‘flecha veloz’, ‘tribilín’, ‘salchicha’, el payaso ‘pianito’, ‘colacho’, ‘nagasaki’, ‘bola de mugre’, entre algunos de los infaltables apodos con los que, sin filtro alguno, bautizamos o fuimos bautizados, nos reencontramos para devolvernos en el tiempo. Ahí estábamos, cada uno tal cual como fuimos en ese entonces, como si los años tan solo hubiesen hecho estragos en nuestras humanidades, pero nunca en esa fraternidad espontánea que se fue forjando cada día que, en el calendario del soldado, se marcaba con una equis.
Nunca fuimos ‘máquinas’ de guerra, como pretendían los oficiales y suboficiales a cargo de nuestro ‘adoctrinamiento’, resultamos siendo mejor cincuenta y nueve muchachos que, como cualquiera de los cientos de miles de soldados colombianos que han pasado por las fuerzas militares, estuvimos firmes por la patria, no en Miami, ni a bordo de un jet privado, lo hicimos prestando un servicio desinteresado, con todo el ímpetu de la juventud, que hoy conmemoramos en medio de las risas. Larga vida a los integrantes de la Compañía Galán.












