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Lunes 16 de febrero de 2026 - 01:00 AM

Tiempo al tiempo

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Vivimos en una época que desconfía del tiempo. Lo percibe como un obstáculo, como una demora injustificada entre el deseo y el resultado. Todo se quiere aquí y ahora. Y cuando no ocurre así, aparece la frustración, la ansiedad y, muchas veces, la renuncia prematura a caminos que iban bien.

Paradójicamente, no es que ahora tengamos más problemas; es que los evaluamos con una unidad de medida equivocada. El tiempo, es una variable estructural de casi todo lo que importa en la vida. Subestimarlo, suele agrandar dilemas pequeños y volver insoportables procesos necesarios.

“Darle tiempo al tiempo” no significa esperar que las cosas se resuelvan solas. Significa comprender que hay resultados que se alcanzan cuando el tiempo hace su parte. Es actuar con intención, sabiendo que entre la decisión correcta y el resultado deseado existe un trayecto que no se puede comprimir sin consecuencias. Dicen nuestros antecesores: “todo a su debido tiempo”.

Nuestra cultura de la inmediatez se formó en un entorno donde casi todo responde al instante: compras con un clic, respuestas en segundos, comparaciones en tiempo real. El cerebro se acostumbró a la gratificación rápida y perdió tolerancia a los procesos largos. El problema es trasladar esa lógica a terrenos donde no aplica: relaciones, madurez emocional, proyectos de vida y la construcción de carácter.

La impaciencia se convirtió en uno de los principales factores de renuncia. No porque algo esté mal, sino porque no avanzó al ritmo ansiado. Abandonamos relaciones, cambiamos de rumbo, descartamos procesos que requerían continuidad, no corrección.

Hay ámbitos donde el ser humano acepta el tiempo sin discutirlo. El embarazo es uno de ellos. Nadie se frustra en el mes siete porque “ya debería estar listo”. Simplemente se entiende el ritmo propio del proceso. Aceptamos con naturalidad el tiempo en la biología, pero lo rechazamos en la vida emocional y personal.

La vida no es ni corta ni larga: es. El problema surge cuando la pensamos en plazos demasiado pequeños. Muchas angustias se sienten dramáticas solo porque se analizan en semanas o meses, cuando deberían leerse en años o décadas. Visualizar la vida en décadas no elimina los problemas, pero los ubica en su verdadera escala.

Aprender a ponderar las situaciones implica cambiar la pregunta. No es “¿cómo me afecta hoy?”, sino “¿qué lugar tendrá esto en el largo plazo?”. Implica también separar ruido de dirección: no todo lo urgente construye futuro, y no todo lo importante hace ruido inmediato.

El tiempo no es un espectador pasivo; es un aliado silencioso. Facilita o perjudica el proceso de manera consecuente con nuestro actuar. Quizás una de las mejores expresiones de madurez sea esa: aprender a avanzar sin ansiedad, confiando en que algunas cosas, simplemente, necesitan tiempo.

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