En la época de Hugo Chávez, “bolivarquía” se usó como un término crítico y despectivo, no como una categoría oficial ni académica consolidada. La idea detrás de la palabra era señalar que, bajo el discurso de la Revolución Bolivariana, se estaba formando una nueva élite de poder: una mezcla de altos funcionarios, militares, empresarios cercanos al gobierno y beneficiarios del acceso privilegiado al Estado.
El otro término que se volvió más conocido y documentado fue “boliburguesía” con el que se llamaba a empresarios y funcionarios vinculados al chavismo que se enriquecieron al amparo del poder, especialmente en el contexto del paro petrolero y del acceso privilegiado a fondos públicos.
Digo esto porque si algo sorprendió al país la semana pasada fue la reacción del progresismo petrista-cepedista al triunfo Paloma Valencia en la Gran Consulta por Colombia. Varios de sus congresistas electos y quemados (incluido el caricaturista maltratador de mujeres) advirtieron que el país que quiere Paloma Valencia y la derecha, es un país que regrese a la tecnocracia, al neoliberalismo y que sea gobernado por la elites desde Bogotá.
Lo que se le olvida al progresismo es que durante el gobierno de Petro se fue engendrando una nueva casta política. Una nueva élite que ha venido concentrando puestos, poder y riqueza al amparo del presupuesto nacional. Esa nueva élite se llama la nepoburguesía, que no es otra cosa que la lluvia de contratos a familiares de los miembros del gabinete durante este tortuoso gobierno.
Al igual que en la época de Chávez, el gobierno de Petro se dedicó a darle puestos y contratos a la familia de los ministros de salud, trabajo, cultura, ambiente, agricultura y el director de RTVC, entre otros. El caso más notable es el de la familia del ministro Jaramillo, quien según denuncias de la congresista Katherine Miranda, habría recibido contratos por más de $3.000 millones.
Gracias a la nepoburguesía y al amiguismo llegamos a casos como el desfalco de la UNGRD, los malos manejos en el sector salud, la compra de congresistas para que votaran favorablemente sus estatizantes reformas, o el escándalo en el que está sumido el presidente de Ecopetrol por la compra de un apartamento.
Sin el menor pudor, los nepoburgueses de este gobierno se fueron apoderando de cargos en varias agencias del estado, sin tener los méritos para ello (salvo que sea un diploma comprado en la Fundación Universitaria San José) y mucho menos las competencias para ocuparlos. Cuando no cumplen los requisitos, los nepoburgueses se las arreglan para que su nominador cambie las exigencias y se puedan posesionar.
Hoy la nepoburguesía progresista es la nueva élite en el poder, como en la época de Chávez, vive del Estado y sin merecerlo.











