¿Cómo vamos en calidad de vida? La reciente encuesta de percepción ciudadana de “Bucaramanga metropolitana cómo vamos” deja una sensación inquietante; no por lo que dice, sino por lo que revela entre líneas. El 76,2 % de los ciudadanos afirma sentirse satisfecho viviendo en su ciudad y el 68,4 % dice sentirse orgulloso. A primera vista, son cifras positivas, hablan de arraigo, de identidad, de cariño por el territorio, pero cuando uno profundiza en los datos, aparece una contradicción que no podemos ignorar; solo 2 de cada 10 ciudadanos aprueban la forma en que se invierten los recursos públicos, menos del 40 % se siente seguro y apenas el 30,5 % considera que es fácil encontrar trabajo; más del 60 % percibe altos niveles de corrupción y 8 de cada 10 no participan en espacios ciudadanos.
¿Cómo puede una ciudad sentirse bien, cuando tantos de sus indicadores muestran lo contrario? La respuesta no es cómoda, pero es necesaria: muchas veces los ciudadanos no saben que pueden estar mejor.
No se trata de falta de inteligencia, ni de indiferencia; se trata de algo más profundo: una sociedad que, con el paso del tiempo, se ha acostumbrado a vivir dentro de ciertos límites. Límites de seguridad, de oportunidades, de transparencia, de calidad en lo público y que hoy se volvieron normales.
Cuando una generación crece viendo lo mismo durante años (los mismos problemas, las mismas deficiencias, las mismas frustraciones) empieza a asumir que eso es lo que hay, que así funcionan las cosas y que no se puede esperar mucho más.
Y ahí ocurre el fenómeno más peligroso de todos: la normalización de la mediocridad. No porque la ciudad sea mediocre en su gente, ni en su potencial, sino porque se ha reducido el estándar de lo que se considera una buena ciudad. Se confunde resistencia con bienestar, estabilidad con progreso y costumbre con calidad de vida.
La encuesta no muestra una ciudadanía engañada; muestra una ciudadanía adaptada. Adaptada a moverse en medio de la inseguridad, a convivir con la corrupción, a oportunidades laborales limitadas y a una baja participación en lo público; y cuando una sociedad se adapta demasiado, deja de exigir.
Cuando un ciudadano que no ha visto una ciudad mejor, difícilmente la imagina, y un ciudadano que no la imagina, tampoco la exige, y cuando no se exige, el sistema se acomoda, se vuelve inercial, se repite y finalmente se estanca. Por eso, el 76,2 % de los ciudadanos afirma sentirse satisfecho viviendo en el área metropolitana de Bucaramanga.
El reto del liderazgo no es solo administrar lo que existe, sino revelar lo que es posible. Romper ese “techo mental” que limita la ambición colectiva. No basta con mejorar indicadores; hay que elevar el estándar mental de la ciudadanía.
Porque cuando una sociedad descubre que puede vivir mejor, algo cambia para siempre: deja de conformarse.
Por eso creo que los ciudadanos metropolitanos ¡no saben que no saben!












