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Jueves 23 de abril de 2026 - 01:00 AM

Patria potestad

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Aunque no me crean, digo que hubo un tiempo en nuestra región en el que los padres ejercían autoridad sobre sus hijos. Solo al cumplir los 18 años eran estos liberados de la patria potestad y recibían su heredad, para que afrontaran por sí mismos las cargas de sus vidas. Ejemplifiquemos: en enero de 1793 se presentó don Egidio Navas ante el escribano de Girón para protocolizar su voluntad paternal respecto de los tres hijos que ya habían cumplido los 18 años, y a quienes ya trataba respetuosamente de Don: don José Ignacio, don Plácido y don Pedro Navas. Pues estos muchachos, que desde niños le habían ayudado en los trabajos agropecuarios de una estancia en la vereda Riofrío, ya habían adquirido sus caballos y sillas de montar, ropita de vestir decente, algunas novillas y trastes, gracias a su hábil genio y a su capacidad de administración de sus ahorros, sin faltar nunca a la sujeción y respeto debidos a su padre, a quien ayudaban a su abastecimiento con su trabajo personal.

Movido de amor paternal, don Egidio registró su voluntad de entregarle a cada uno lotes de dos cabuyas cuadradas de tierra en la estancia de Riofrío, avaluados en 100 pesos cada uno, para que tuviesen una tierra propia que podrían entablar con cacaos, plátanos y cañas dulces, usando su particular hierro de marcar ganado. Suponía que esta cesión de la patria potestad sería correspondida con el amor y servicio de sus hijos, cuando fuese necesario.

La subversión social de los tiempos actuales, sostenida con argumentaciones contra el supuesto patriarcalismo de los hombres antiguos, mandó al olvido el derecho hispano de la patria potestad. En la nueva democracia familiar, los hijos tienen derecho a pedirlo todo sin reciprocidad alguna hacia sus padres, y quienes se meten de lambones a taitas tienen que sufrir las tiranías diarias de sus hijos, que los convierten en sus conductores, sus proveedores y sus blancos de chantajes y pataletas. Hay que entender entonces las muchas razones de las parejas jóvenes para preferir la gratitud de un chandoso, antes que la tiranía de unos mocosos sabiondos.

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