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Jueves 23 de abril de 2026 - 01:00 AM

Se complejizan las violencias contra las mujeres

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Las violencias contra las mujeres no ceden y parecen afinarse para ser más complejas. Tanto que se hace obsoleto e impreciso hablar de “Violencia contra la Mujer”, con todo y mayúsculas, porque la expresión resulta demasiado genérica. Mínimo se deben mencionar las violencias en plural para dejar claro que hay múltiples formas de concretar el maltrato, el desprecio y la discriminación en general; también mujeres en plural para reconocer que existen particularidades.

Nombrar por sus nombres las variadas violencias que aquejan a las mujeres permite proponer formas de prevención y atención adaptadas y más eficientes; también permite hacerlas visibles, más allá de los golpes y morados. Así, las violencias contra las mujeres y en general basadas en género se consignan en una larga lista abierta: violencia física, psicológica/emocional, económica, patrimonial, basada en género, laboral y política, obstétrica, sexual, reproductiva, cibernética (acoso digital), vicaria; y un largo etc. Todas incluidas en la ley 1257 (2008) como “cualquier acción u omisión, que le cause muerte, daño o sufrimiento … por su condición de mujer, así como las amenazas de tales actos …, bien sea que se presente en el ámbito público o en el privado”.

Emergen así otras formas de violencias que antes no se identificaban: la violencia vicaria y la relacionada con el “síndrome de alienación parental”. Ambas implican gravemente a los hijos/as de las parejas o exparejas en conflictos por violencia intrafamiliar, generalmente contra una mujer, y procesos de separación bañados en episodios de violencias.

La llamada violencia vicaria es ejercida principalmente sobre los hijos/as con el objetivo de causar sufrimiento extremo, generalmente a la madre. Se hace daño a los hijos/as para hacer sufrir a una mujer y doblegarla.

Otra forma de utilización de los hijos/as para hacerle daño a la (ex)pareja es el llamado “síndrome de alienación parental” (Richard Gardner 1985). Consiste en influenciar a los hijos/as para ponerlos en contra de su progenitor/a; incluye formas de “lavado de cerebro” y descrédito. Así, el/la menor puede no querer estar con este progenitor/a. Es una forma de influir la custodia de los hijos/as, que a la vez altera su salud mental con severas consecuencias en su edad adulta. Es considerado como una forma de violencia en tanto pretende transformar las emociones de un menor con el fin de modificar o destruir sus vínculos con uno/a de sus progenitores. Es un concepto complejo y de difícil aplicación legal en la medida en que puede dar lugar a falsas acusaciones e interpretaciones subjetivas.

La vida es más larga que antes, el amor puede no alcanzar para tanto y las separaciones son más frecuentes. Las violencias se intensifican; nunca son justificables. Una “buena separación” es posible y por el bienestar de los hijos/as es un aprendizaje necesario.

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