Publicado por: Editorial
Bucaramanga tiene una deuda grande con los habitantes de calle, si pensamos en los años oscuros en los que se les perseguía, se les maltrataba e incluso se adelantaron en su contra las infames ‘campañas de limpieza social’, que están entre los peores recuerdos de esta ciudad. Esa barbarie fue desmontada, hasta ahora, pero el rechazo de la ciudadanía hacia estas personas se quedó en muchas conciencias que se niegan a dar una mano.
Por eso, ahora, cuando por fin la administración empieza a apostar por la recuperación y la reinserción, cobra especial valor la historia de Sandra Guio y Felipe Romero, que destacó este periódico hace pocos días. Ellos se conocieron siendo apenas unos adolescentes perdidos en la calle y en el caos de las drogas, pero, en medio de su desesperanza, se encontraron en el amor y, desde ese sentimiento, en medio de recaídas, separaciones y tristezas, rehicieron sus vidas, cuando, después de muchas vueltas, en Bucaramanga se reencontraron en una fundación desde donde empezaron a construir un hogar.
Esta historia prueba que las instituciones solidarias funcionan cuando se les dota de afecto y confianza. Sandra y Felipe sintieron el respaldo de una fundación que les hizo sentirse como personas valiosas, y pudieron dejar atrás la desolación y la violencia de la calle, recuperar a su hijo, criado por los abuelos, y formalizar su unión en una notaría, para luego hacer lo propio en una iglesia y convertirse en una pareja y una familia que enfrentará una nueva oportunidad en la vida.
La pregunta es cuántas personas como Sandra y Felipe están en la indigencia esperando una mano que no llega, un gesto que no se atreve; la ciudadanía se debate en prejuicios destructivos como el de que “ellos quieren estar así”, “a ellos les gusta vivir en la calle”, pero esta historia demuestra que en esta población hay mentes lúcidas y espíritus capaces de levantarse si se les da la posibilidad de hacerlo. El asunto puede ser tan simple como entender que la marginación nunca ha rehabilitado a nadie y que la reinserción es posible si se enfrenta con humanidad y no con despectiva caridad.
Los tiempos en que Bucaramanga asesinaba a sus habitantes de calle quedaron atrás; sin embargo, el rechazo silencioso, el que niega un trabajo, un techo temporal o una palabra de aliento, sigue siendo una forma de violencia. La historia de Sandra y Felipe le permite a la sociedad entender con más claridad que las personas sí merecen una oportunidad de redención; ellos son el ejemplo de lo que cualquier ser humano puede lograr cuando se le trata con dignidad.
El cambio de enfoque que hoy celebra este periódico es humanitario, pero también práctico: recuperar a un adicto cuesta menos que mantenerlo en la calle y, sobre todo, cuesta menos que seguir enterrando la conciencia bajo montañas de indiferencia.
Existen alternativas prácticas como apoyar a las fundaciones legítimas, exigir políticas de largo plazo en reinserción y, sobre todo, mirar a cada habitante de calle como lo que es: un ser humano que alguna vez soñó y que quizás solo necesita que alguien crea en él para volver a intentarlo. Sandra y Felipe lo lograron; que su lucha de ayer y su amor de hoy sean la chispa que encienda nuestra empatía.










