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Lunes 27 de abril de 2026 - 01:00 AM

Revelación de género… es niño

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Cuando recibimos la noticia de un embarazo, nos preparamos. Hay emoción, con responsabilidad. Se anticipan gastos, cambios, cuidados. Nadie espera al día del parto para empezar a actuar.

Hoy tenemos una noticia similar. Y ya la conocemos.

El fenómeno de El Niño 2015–2016 fue uno de los más intensos registrados. Dejó una radiografía de nuestras fragilidades: desabastecimiento de agua en cientos de municipios, presión sobre el sistema energético, caída en la producción agropecuaria e inflación en alimentos.

El país reaccionó cuando el problema ya estaba encima. Carrotanques, campañas de ahorro tardías, declaratorias de emergencia, uso intensivo de plantas térmicas y medidas de contención que, aunque necesarias, llegaron en modo correctivo. Se administró la crisis, pero no se evitó el impacto.

Ahí está el punto de fondo. El Niño no es impredecible. Es recurrente.

Hoy, una década después, las alertas vuelven a encenderse. Los modelos climáticos muestran una probabilidad creciente de un nuevo evento. Pero el verdadero riesgo no está en el clima; está en repetir el patrón: esperar a que falte el agua para hablar de ahorro, a que suban los precios para hablar de inflación, a que bajen los embalses para hablar de energía.

Cuando llega El Niño, el clima se vuelve economía.

Menos lluvias significan menor oferta agrícola, mayores precios y más inflación. Y golpea directamente el ingreso de los hogares. Al mismo tiempo, menos agua en embalses obliga a usar fuentes de energía más costosas, elevando tarifas. Es un efecto en cadena que conecta el clima con el bolsillo.

Pero hay una diferencia crítica frente a hace diez años.

En 2015–2016, Colombia enfrentó la sequía con un sistema energético con mayor capacidad de respaldo relativa. Existía disponibilidad térmica, el carbón operaba con estabilidad y el gas tenía mayor holgura y menores costos. Hoy ese colchón es más delgado. Parte de la capacidad térmica ha perdido confiabilidad y no ha sido renovada al ritmo necesario; la disponibilidad de gas es más ajustada y su costo ha aumentado. A esto se suma que la entrada oportuna de nueva capacidad se ha visto limitada por retrasos en la ejecución de proyectos.

El resultado es claro: hoy somos más vulnerables.

Colombia necesita, desde hoy, una campaña nacional de anticipación. No de emergencia, de anticipación. Uso racional de energía antes de que haya escasez. Ahorro de agua antes de los racionamientos. Consumo y abastecimiento inteligente de alimentos antes de los picos de precios.

La diferencia entre crisis y gestión está en el tiempo. Lo que se hace tres meses antes evita lo que después cuesta tres años.

Como en cualquier embarazo, no se trata de si va a llegar.

Se trata de si vamos a reaccionar… o, por fin, anticiparnos.

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