Publicidad

Columnistas
Martes 28 de abril de 2026 - 01:00 AM

Castidad hídrica del campesino

Compartir

Las ciudades se han transformado en centros de amnesia colectiva, donde el hormigón y el asfalto sepultan la memoria de la tierra bajo la excusa de un desarrollo que solo estrecha el horizonte. Desde la mirada urbana, las montañas se reducen a paisajes ornamentales o canteras inertes, mientras el río se degrada a una arteria servil, cautiva del capricho del grifo y convertida en cloaca impune para el desecho.

En Santander, la Verdad se nos escurre entre los dedos mientras nos refugiamos en la parálisis cómoda de quienes suponen, con una arrogancia suicida, que la abundancia hídrica es un cheque en blanco firmado por la naturaleza para financiar nuestro derroche; olvidamos que el progreso real es el arte de habitar el mundo sin desfigurarlo.

Al aplicar el rigor de la Verdad, el Respeto y la Coherencia, se evidencia la disonancia ética de un modelo que proclama el “Derecho a la Ciudad” despojando al campesino de su soberanía hídrica. Ignoramos que cada gota de agua sobre el asfalto es un préstamo del río y una herencia del páramo que malgastamos con soberbia. El apagón informativo sobre el riesgo del agua es una forma de violencia que oculta el sufrimiento rural. Cuando la ciudad extrae la vitalidad de la cuenca, escribe un guion de exclusión; y cuando el diálogo silencia al sembrador de agua, la palabra se convierte en trinchera.

El imperio del olvido condena al ciudadano del campo a ser guardián de la despensa y curador del aljibe, mientras se le prohíbe cosechar el fruto o beber de la fuente. La ciudad le impone un precio al agua de su grifo, pero le devuelve detritos para refrescar su frente. El campesino ve el hilo de vida alejarse por las tuberías hacia centros de consumo de los que regresará -a la vuelta del ciclo-, degradada. Tras el derroche, la urbe solo devuelve desperdicios y silencio.

Desde esta tribuna, el llamado es a la coherencia social que exige entender que la ciudad no es autónoma, sino un organismo que hoy parasita su entorno y debe aprender a ser un aliado vital que proteja la fuente que lo amamanta. Si ignoramos la sed del sembrador y el declive de la montaña, edificamos castillos de arena sobre un territorio agotado.

Por Santander, caminar la palabra en nuestra geografía es un acto de respeto y veneración. Escuchar y entender al campesino, guardián del ciclo y la vida, en los diálogos regionales, es el único camino hacia la verdad y la coherencia. Bienvenidos los diálogos en los centros de consumo, pero el territorio reclama, con urgencia, diálogos campesinos libres del egoísmo urbano.

Nota de N: Lavar culpas con agua de páramo es sentenciar al campesino a la castidad hídrica.

Elija a Vanguardia como su fuente de información preferida en Google Noticias aquí y únase a nuestro canal de Whatsapp acá.
Comentarios

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día