La sociedad está cansada de las crisis económicas, de esos funcionarios que se enriquecen con la rapidez del rayo: funcionarios de todos los niveles, alcaldes de pueblos y ciudades, concejales, diputados, gobernadores, funcionarios de alto rango a nivel nacional, ministros, expresidentes, funcionarios de segunda, todos.
La sociedad está cansada de insultos y agravios y, encima, está cansada “de la obscena ostentación de riqueza”. El colombiano común ha vivido durante décadas en esta realidad: sin tierras, sin educación, sin salud digna.
El pueblo está cansado; no quiere seguir viviendo su vida mirando cómo se roban el país. Está fatigado de esa vida donde sus hijos siguen su destino de pobreza.
Aunque hoy, al menos, los estudiantes pueden recibir educación gratuita y de alta calidad en universidades públicas como la UIS, en Bucaramanga, Málaga y Socorro, con facultades como Arquitectura, con estudiantes de provincia, de Simacota, Guadalupe, El Palmar, El Hato, etc., que tienen oportunidades para desarrollar su imaginación. También están las Unidades Tecnológicas de Santander, con 32 mil estudiantes recibiendo educación gratuita. ¿Quién se opone a ese alcance democrático?
La historia se carga de hechos “aparentemente insignificantes” que pueden cambiar el sistema político. Duque no supo manejar el estallido social y descargó, con torpeza, la fuerza pública con todo su poder sobre la juventud. Esto llevó a una crisis social y política que terminó con la “alternancia en el poder”. La juventud, cansada de sacrificios y muertos, optó por otra alternativa, dejando al antiguo “establecimiento político” sin oxígeno, el cual solo perdura ahora con la nostalgia del tiempo ido, de “algo que fue”.
Los candidatos y las candidatas que no le hablan a la juventud como motor de cambio y de reconversión económica no sobreviven al cataclismo social. Hay que hablarle a la juventud y contar con ella para el cambio; ya no son los grandes capitales legales los que definen el camino. Ahora hay que contar con la sociedad entera: los campesinos, los estudiantes, las mujeres, los trabajadores, los “descamisados”, los empresarios, los desplazados que recorren las ciudades de nuestro país, porque Colombia ya debe entrar en la modernidad.

Hay que dejar atrás ese mundo y evitar que la sociedad siga cargando con un país lleno de frustraciones, vencido, egoísta, lleno de pasiones bajas y envejecido, liderado por una clase política proclive a la corrupción y con alta insensibilidad social. La gente se cansó, y con razón, de ese mundo con tantas desigualdades. La ciudadanía ya no quiere repetir viejas fórmulas partidarias que no sirven ni servirán.
La preocupación ahora, de cara a la elección presidencial, es la marcha de la economía, la austeridad, la honestidad y la lucha frontal contra la corrupción, de forma pacífica.
Que no nos mientan es lo que pedimos; que haya funcionarios honestos que quieran con ética al país. O se es honesto o se es deshonesto.
“Las sociedades exhaustas y decepcionadas suelen salir por cualquier puerta”. ¿Colombia pasa por eso?
Queremos, como colombianos, no más conflictos; queremos disfrutar este bello país en paz y con la juventud aportando su espacio en el mundo que nos han negado.











