Cada vez que se acercan las elecciones presidenciales muchas personas creen que están escogiendo únicamente a un presidente, cuando en realidad también están definiendo la forma en que vivirán durante los próximos años. Se vota un nombre, un rostro o una promesa, pero con esa decisión también se elige hasta dónde puede llegar el poder, quién puede controlarlo y bajo qué reglas funcionará el país.
Es comprensible que las promesas produzcan esperanza. Cuando el bolsillo aprieta y las preocupaciones se acumulan, cualquier propuesta que ofrezca alivio resulta atractiva. Nadie puede reprocharle a una persona con necesidades urgentes que preste atención a quien promete resolverlas. Después de todo, decidir con hambre nunca será igual que decidir desde el privilegio.
Sin embargo, en tiempos electorales existe una costumbre peligrosa: los problemas complejos empiezan a recibir respuestas demasiado sencillas y lo que tomó décadas en construirse o deteriorarse comienza a venderse como algo solucionable por una sola voluntad política.
La historia ha mostrado situaciones repetidas. Primero llegan promesas, después aparece la adhesión emocional y más adelante surgen dificultades para cumplir expectativas; entonces comienza la búsqueda de responsables. Las cortes pasan a ser obstáculos, el Congreso se convierte en bloqueo, la oposición fastidia y la prensa deja de parecer necesaria.
Lo preocupante es que muchas veces esos controles constitucionales empiezan a verse como enemigos, cuando precisamente existen para evitar que una sola voz termine imponiéndose sobre todas las demás. Y afortunadamente es así: la Constitución nunca fue creada para facilitar el poder, sino para ponerle límites.
Existe una frase que merece recordarse especialmente durante campañas: los derechos no son los que diga un gobernante; los derechos son los que garantiza la Constitución. Cuando los derechos dependen de una persona, dejan de parecer garantías y empiezan a convertirse en favores. Antes de votar conviene dedicar tiempo a revisar programas, contrastar propuestas y desconfiar un poco de soluciones milagrosas. Porque algunas veces los ciudadanos creen elegir un candidato y terminan eligiendo algo tan trascendental como las reglas bajo las cuales vivirán sus hijos.
La democracia rara vez cambia de un día para otro. Casi siempre las transformaciones profundas comienzan silenciosamente: primero cambia la retórica y aquello que quieren hacernos creer; luego cambia la forma de nombrar los desacuerdos o incluso los límites al poder; y finalmente cambian las reglas o las constituciones bajo palabras más amables como reforma o constituyente. Por eso vale una última pregunta antes de entrar al cubículo de votación: ¿ha invertido más tiempo en conocer el programa de gobierno del candidato por quien votará o en repetir frases, videos y mensajes que otros eligieron pensar por usted? Porque después de votar ya es demasiado tarde para corregir el rumbo.











