En crisis —social, de pareja, de socios— invocamos el diálogo: “hablando se entiende la gente”. Y sí; somos animales que podemos conversar, deberíamos intentarlo antes de matarnos, ¿no? Pero no es solo hablar; hay mucho vericueto al sostener una charla, y esos desvíos crean más conflictos. De esos vericuetos se ocupan muchas disciplinas —la psicología, la neurociencia, la lógica formal—, y, por qué no decirlo, también las simples buenas maneras.
El lenguaje permite ordenar la percepción, razonar, imaginar, empaquetar y transmitir el pensamiento. Y ojo: no solo lo transmite, también contribuye a crearlo, con raciocinio y, por supuesto, con esa nebulosa de nuestra experiencia llamada intuición. En la mente de cada uno hay tierra fértil y también pedregales. Y nuestras palabras hablan de eso; revelan también nuestras cárceles cognitivas, entre ellas, esas ideas fijas cosechadas en el simplismo de las redes digitales y los eslóganes que terminan encegueciéndonos. Soltar la lengua, así nada más, es desparramar en símbolos chiquitos y sin depurar todo el rompecabezas interior.
En un capítulo del libro El poder de las palabras, el doctor en neurociencia Mariano Sigman (1972) trae a colación la antigua idea platónica de que una conversación entre pocos contertulios propicia el comercio de ideas. La mayéutica socrática era eso, conversaciones con preguntas para escudriñar la verdad. Pero si ya hablan muchos, ocurre que la conversación pendulará entre sabiduría y tercos delirios; citando a Mackay —un periodista escocés del siglo XIX—, entre las multitudes crecen olas de creencias y opiniones que contagian y potencian los errores. “Delirios” —ideas fijas que no se modifican ante evidencias que las contradicen— porque, remata Mackay, el miedo y el entusiasmo son altamente contagiosos.
De ahí salen las que yo llamo “frases de bloqueo”: adoptadas y repetidas como verdades irrefutables, obstruyen el pensamiento como píldoras de domesticación. Se repiten y se instalan no solo en la lengua, sino en las entendederas, para cerrarle el paso a la diosa de las ideas: la duda. Frases que se travisten: se disfrazan de chiste para excluir a otros y atornillarse en un lugar social impermeable a la discusión, o se instalan como burladero prejuicioso para no escuchar a quien cuestiona: ahí se va al carajo el intercambio de ideas de Platón y Sócrates.
Alguien dijo que cuando no podemos ver ningún defecto en nuestros héroes o argumentos, ni alguna cualidad en los del oponente, ya somos fanáticos. Terreno minado. Huyamos del delirio de las multitudes; los eslóganes son apenas un rebuzno en el lenguaje constructor del pensamiento. Rechacemos las barras bravas digitales que repiten frases de consumo y nos empobrecen, nos hacen presas fáciles de manipulación y propician la degradación de cambiar palabras por puñetazos.












