Junio es el mes del orgullo LGBT: la celebración de todo aquello por lo que la sociedad enseña a sentir vergüenza. Lo que causa las burlas en el colegio, el insulto o el golpe en la calle.
Pero el orgullo no es solo de las personas LGBT. Es también de quienes les queremos.
En este junio quiero celebrar a quienes apoyan, acogen y defienden a las personas por las que les dijeron había que sentir culpa, o que había que “corregir” o “curar”.

Celebro al hermano que marcha con su hermana lesbiana, a la mamá que defiende a su hijo trans en la reunión del colegio, a la hija que ama a los dos papás que la criaron con amor incondicional, en un país donde el 46% de los papás heterosexuales abandonan a sus hijos.
Celebro al papá que invita al novio de su hijo al almuerzo familiar, a la abuela que aunque no entiende del todo le dice a su nieta trans lo bonita que se ve con esos aretes nuevos, a la tía que hace su mejor esfuerzo con la “e”.
Este es el orgullo que les propongo hoy: el de construir hogares donde la identidad de cada persona se reconoce, donde lo que importa del amor es que sea recíproco y cuidadoso, no el género de las personas.
Hogares donde los chistes son para reírse entre todos, no a expensas de nadie; espacios donde se acoge y celebra todo eso que hace a cada familia maravillosamente diversa y única.
En momentos en los que en muchos países, incluido el nuestro, se presenta de nuevo a las personas LGBT como una amenaza a los niños, a las familias y a la nación, y se aprovecha el desconocimiento o las creencias de mucha gente para sembrar miedo, desinformación, y ganar votos a cambio de sus derechos y su dignidad, quienes las amamos tenemos que decirlo fuerte y claro: no lo vamos a permitir.
El orgullo empieza en casa, y ahí modelamos lo que queremos ver fuera de ella. ¿En la tuya, en tu país, hay espacio para todos?











