Tinta invisible, de Javier Peña, convierte a Fernando, el padre del escritor, en un personaje literario para concederle unos minutos más de vida. Su padre murió a los 76 años, tras cuatro años de distanciamiento; por ello, el autor español quiso rendirle un homenaje en estas páginas, las cuales pueden etiquetarse como un ensayo literario cargado de emociones.
La relación entre ambos se nutría de los libros, pues las historias eran una obsesión común. Mientras lo visitaba en el hospital, tras haber dejado a un lado el orgullo para retomar el contacto él, sabía que lo que su padre más deseaba eran diez años más de vida para leer, ver películas, beber vino y pasar tiempo con su esposa. Este relato es un híbrido que entrelaza el duelo del autor por la pérdida de su progenitor con un recorrido fascinante por los secretos de grandes escritores, prolongando de alguna forma la esencia de su podcast Grandes infelices.
En el aniversario por su muerte, mientras abría en familia una botella de vino que él mismo le había regalado a su padre, además de extrañarlo, comprendió que —aunque nos pese —hay pocos motores creativos más grandes que la infelicidad. Al volver la vista atrás hacia los momentos dolorosos, Peña recordó también la muerte de su mejor amiga, quien falleció a los 31 años. Los seres humanos somos como Scheherezade: nos contamos historias porque, mientras lo hacemos, olvidamos que vamos a morir.
Durante la infancia del autor, a su padre siempre le tocaba pasar las navidades embarcado, pero cada 6 de enero, para el cumpleaños del escritor, le enviaba un telegrama. Ante su ausencia, Peña se preguntaba qué le habría gustado decirle a su padre o qué le escribiría si pudiese enviarle un último telegrama como respuesta. «Un sillón vacío es demasiado doloroso porque lleva incorporada la ausencia física de la persona», reflexiona el autor sobre esas últimas semanas en las que su padre le habló de libros, películas y personajes, y le confió historias de su propia vida.
En este repaso sobre la creación literaria de autores como Borges, Dickinson, Onetti y Pessoa, destaca una dedicatoria del peruano Alfredo Bryce Echenique: «uno escribe para que lo quieran más». Peña mencionó que, tras la firma de libros de su segunda novela, su padre le envió un mensaje expresando lo orgulloso que estaba de su triunfo. Fue entonces cuando el autor comprendió que, en realidad, él buscaba el éxito por su padre: para que pudiera enorgullecerse al ver cuánto querían a su hijo.
Además de la orquídea blanca que se llevó del funeral, Peña exalta la maravillosa herencia del amor por los relatos. Como buen homo narrans, el autor se aferra al poder de la tinta para traer de regreso a su padre y a todos aquellos que forman parte de lo que somos y de lo que seremos.











