Entramos a la última semana de una contienda electoral que se extendió desde el momento en que Gustavo Petro rompió la coalición que lo llevó, hace cuatro años, a ocupar la presidencia de la República. Alguien diría que ese detalle no hace la diferencia en un país acostumbrado a postular candidaturas de forma prematura pero, en este caso, en el terreno quedaron los nombres de casi cien aspirantes, quienes, en ese lapso, creyeron legítimamente en su aspiración para competir en una carrera que terminó siendo de larguísimo aliento luego de la declaratoria abierta por el relevo, muy temprano, desde la Casa de Nariño.
A estos hechos inéditos se suma la ausencia, hasta la hora en que se envía esta columna para su publicación, del cara a cara entre los candidatos que quedaron en liza, privándonos a los electores de conocer de qué está hecho cada uno a la hora de compartir un mismo espacio, especialmente por el antagonismo extremo de dos visiones que llegaron a segunda vuelta sobre el país que prometen administrar.
Ambas campañas, luego de los resultados de primera vuelta, hicieron escaramuzas para concretar el tan anhelado debate; sin embargo, no dejaron de ser latidos de perro bravo en medio de acusaciones, señalamientos y demandas que han ido y vuelto, envileciendo lo que, en esencia, debería ser una exposición de propuestas y soluciones, las cuales se perdieron en medio de la algarabía de las redes sociales y la exacerbación de los discursos de odio. En contraste, los interlocutores fueron influenciadores, con millones de seguidores en sus canales, en donde el rigor y el equilibrio no son denominador común.
En Colombia no existe una norma que obligue en sentido estricto a que esta clase de encuentros se lleven a cabo, como sí sucede en otros países, en los cuales son declarados de absoluto interés; sin embargo, se volvió tradición que los medios de comunicación promovieran estos debates como un valioso esfuerzo que contribuye al ejercicio de la democracia. Esta vez, a lo que llegamos lamentablemente es a la disputa de dos proyectos incompatibles, que no es malo per se, sin la posibilidad de surtir una conversación civilizada.
La pugna entre derecha e izquierda puede ser buena, como lo explica el abogado constitucionalista Rodrigo Uprimny, “siempre y cuando haya unos consensos sobre reglas básicas de respeto al estado de derecho y la democracia, y eso es lo que se está poniendo en riesgo porque se ha generado la idea de que si gana usted, es mi enemigo. O como dice Abelardo de la Espriella: ‘Voy a destripar a la izquierda’, o Cepeda, que no baja de fascista a su oponente (con algo de razón). Eso es lo que expresa esa polarización”











