Hace setenta mil años, dos cazadores escucharon un ruido entre los arbustos. Uno salió corriendo y gritó a la manada: “corran, corran, es un león”. El otro prefirió pensar. Quiso observar, reunir pruebas, actuar con cautela y verificar si aquello era una amenaza real o apenas viento moviendo matorrales.
La evolución, como recuerda Yuval Noah Harari, premió más al primero que al segundo. Sobrevivió quien reaccionó rápido, aunque se equivocara. Pensar demasiado podía costar la vida. Ese mecanismo primitivo, que nos salvó en la sabana, sigue orientando nuestras decisiones.
Este domingo Colombia no solo escogerá entre dos candidatos, uno etiquetado de izquierda y el otro de derecha, o de nueva derecha, como queramos llamarlo. También elegirá entre dos formas de procesar el miedo. Abelardo de la Espriella representa la promesa del orden inmediato. Noventa días, dice, bastarán para imponer la ley que doscientos años de republicanismo no han logrado. Es una idea poderosa porque ofrece una salida rápida y emocionalmente tranquilizadora.
Iván Cepeda propone algo menos cómodo. Habla de reformas, causas estructurales, transformaciones graduales y respuestas que admiten matices. Uno ofrece la cirugía de un solo tajo. El otro, un tratamiento largo, lleno de incomodidades y sin garantía de cura total. El problema es que nuestro cerebro está predispuesto, por ley del menor esfuerzo, a optar por el atajo.
Esa preferencia no nace de la incapacidad del elector. Nace de su biología. Confundimos seguridad con competencia. Quien habla sin titubear aparenta saber más, a pesar de su profunda ignorancia simplificadora. Quien reconoce límites, pide tiempo o introduce matices parece débil, aunque esté más cerca de los diagnósticos acertados. En política, la contundencia suele ganar aplausos antes de que los argumentos ganen los votos.
Ahí está el dilema. La complejidad no es un defecto de quien la plantea. Muchas veces es la prueba de que entendió el problema. La violencia, la desigualdad, la corrupción y la captura clientelista del Estado no se resuelven por decreto. Quien promete arreglarlo todo rápido sencillamente no solucionará nada. Es, en el mejor de los casos, un optimista y, en el peor, un deshonesto.
El riesgo no termina con el resultado. Si gana la promesa simple, el país tendrá que vigilar que el orden no se vuelva atropello. Si gana la promesa compleja, tendrá que sostener la paciencia sin pedir milagros ni abandonar el barco en el primer tropiezo.
La pregunta ya no es quién gana. Es si estamos dispuestos a tolerar una respuesta difícil cuando el problema también lo es. La democracia empieza en la urna, pero se prueba después, puesto que siempre está por venir, cuando cada sociedad debe asumir las consecuencias de haber elegido entre la comodidad de la certeza y el esfuerzo de pensar.












