No voy a caer en la tentación pretenciosa de señalar la preferencia del voto por uno u otro de los candidatos que, este domingo, se convertirá en el presidente número cuarenta y tres de Colombia luego de surtirse la jornada electoral que dará, posterior a las cuatro de la tarde, el nombre de quien ocupará, a partir del 7 de agosto próximo, la Casa de Nariño.
Lo que sí puedo arriesgarme a opinar es sobre las calidades de ese mandatario que resulte ungido por la mayoría de votos como quiera que, en cuarenta y siete días, será investido como jefe de Estado, lo que implica que ya no será el aspirante a cautivar la porción más alta de electores sino el presidente de más de cincuenta millones de colombianos, lo que incluye a esa, en adelante minoría, que no votó por él.
Y ello empieza muy rápido, apenas se den los resultados del preconteo, el cual suele ser ágil, ordenado y confiable. No lo digo yo, lo han hecho más de mil observadores de veintiséis organizaciones que han estado vigilando el proceso electoral, por lo tanto, esa será la primera pista sobre el talante de quien dirigirá el país en los siguientes cuatro años: la forma en que asuma la victoria y se pronuncie determinará la tranquilidad de las horas siguientes en el ambiente tan polarizado al que llegamos hoy.
El nuevo presidente tendrá que ser un estadista, es decir, un hombre que entiende la majestad del cargo que ocupará y lo que ello representa, no una caricatura de sí mismo, que tienda de una vez puentes con la oposición y, por supuesto, con todos los actores que hacen parte de una democracia como la nuestra, sin caer en la adjetivación procaz, la provocación y las promesas de solucionar todos los problemas en plazos que, a juicio de la razón, son incumplibles y pervierten las funciones del ejecutivo. Ahí tenemos más de siete mil razones que nos recuerdan, todos los días, cuando las dimensiones superan el respeto por la propia vida de los ciudadanos.
Necesitamos un gobierno que se rodee de los mejores, sin las etiquetas de los ‘nadie’ o los ‘nunca’, que trabajen con y por las regiones, no desde la comodidad de los salones palaciegos y sin el sesgo ideológico que desestima las conversaciones. El equilibrio de poderes es un dique de contención que garantiza el Estado de derecho, romperlo por dentro es un riesgo que no debe correr.
El país reclama un gobernante que defienda la Constitución, que respete el derecho de las minorías, las libertades, el disenso, la crítica así como la libertad de expresión, los colombianos merecemos, en palabras sencillas, un hombre decente. Nada más.











