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Miércoles 08 de julio de 2026 - 01:00 AM

El poder del fútbol

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Hay pocas cosas que logran unir a los colombianos como el fútbol. En medio de nuestras diferencias de pensamiento, ideologías, creencias o formas de ver el mundo, hay algo que durante noventa minutos nos hace hablar un mismo idioma: nuestra Selección.

Por estos días, mientras Colombia disputa el Mundial y avanza a las fases definitivas del torneo, millones de personas organizan su agenda para no perderse un partido. Familias enteras se reúnen frente al televisor, amigos preparan encuentros y hasta quienes nunca habían cruzado una palabra terminan celebrando juntos un gol. De repente, las diferencias parecen quedar en pausa y todos queremos el mismo resultado: que Colombia gane. Quizás ahí esté una de las mayores enseñanzas que deja el fútbol.

Más que unirnos, el fútbol nos recuerda algo que a veces olvidamos: todavía somos capaces de encontrarnos, conversar y emocionarnos por algo en común. Durante un partido nadie pregunta por quién votó el otro ni cuál es su posición frente a un tema determinado. Lo importante es hablar de la jugada, celebrar el gol o discutir si el cambio fue el correcto. Sin darnos cuenta, volvemos a conversar. Y eso no es un asunto menor.

Vivimos en una época en la que resulta más fácil discutir que dialogar, responder que escuchar y descalificar que comprender. Las diferencias, que deberían enriquecer la conversación, muchas veces terminan convirtiéndose en barreras que nos alejan de quienes piensan distinto. Sin embargo, basta un partido de la Selección para recordarnos que todavía somos capaces de sentarnos en la misma mesa, compartir un momento y disfrutar de una alegría común.

Qué valioso sería que esa conversación no terminara cuando el árbitro pita el final del partido. Que, así como hablamos de una alineación, de un gol o de una estrategia, también encontráramos espacios para conversar sobre el futuro de nuestras ciudades, de nuestras regiones y de nuestro país.

El fútbol también deja otra lección: ningún equipo llega lejos únicamente por el talento individual. Detrás de cada victoria hay preparación, disciplina, liderazgo, confianza y trabajo colectivo. Lo mismo ocurre con los países y las ciudades. Los grandes avances no son producto de la improvisación, sino del esfuerzo constante de personas capaces de escucharse, construir acuerdos y avanzar, incluso cuando no piensan igual.

El Mundial seguirá regalándonos emociones, alegrías y, seguramente, también algunas frustraciones. Pero, independientemente del resultado final, ojalá nos quedemos con una de sus mejores lecciones: la importancia de volver a conversar.

Porque los países no solo se construyen con grandes decisiones. También se construyen en conversaciones cotidianas, cuando somos capaces de escucharnos, respetarnos y descubrir que, aun pensando diferente, siempre habrá algo que nos haga sentir parte del mismo equipo.

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