Publicidad

Columnistas
Lunes 13 de julio de 2026 - 01:00 AM

Insistamos, como Kafka

Compartir

“Cualquiera que conserve la capacidad de ver la belleza no envejecerá nunca”, dijo Kafka. Y eso es lo que debemos intentar todos, cada uno desde su lugar: mirar con dulzura y pasión la vida, este tiempo que nos tocó y este mundo cuyos problemas nunca terminan, pero en cuya belleza seguimos insistiendo.

Todo viene a propósito de la película Franz, sobre la vida de Franz Kafka, dirigida por la cineasta polaca Agnieszka Holland, quien intenta hacer una lectura psicologista del autor checo, de lengua alemana y origen judío. Su padre, Hermann Kafka, le procuró una buena formación en uno de los colegios alemanes de Praga. Sin embargo, fue un hombre duro y difícil, con quien Franz mantuvo una relación tormentosa, como lo muestra Holland en su película.

En una de las escenas, siendo apenas un niño, su padre lo castiga dejándolo toda una noche fuera de la casa por haber hecho ruido. Las sombras de la calle y las siluetas de los pocos transeúntes se convierten, en los ojos del niño, en monstruos. El pequeño mira por la ventana para tratar de vencer el miedo. Ese mismo padre también lo obligó a estudiar Derecho, una carrera por la que nunca mostró verdadero interés.

Introvertido, temeroso y solitario, Kafka trabajó en una compañía de seguros de Praga mientras escribía y soñaba. Algo parecido ocurrió con Juan Rulfo, que también desempeñó labores burocráticas, y con el poeta León de Greiff, cuyo aniversario de nacimiento se conmemora el próximo 22 de julio: 131 años. Kafka reservaba las noches para entregarse a su verdadera pasión: la literatura.

Se enamoró de Felice Bauer, con quien no llegó a casarse debido a la tuberculosis que terminó arrebatándole la vida. Su padre también se opuso a su relación con Julie Wohryzek. De esa dolorosa fractura nació Carta al padre, un texto que Kafka nunca se atrevió a enviar.

Holland entra con su cámara al museo dedicado a Kafka y recorre sus manuscritos, cubiertos por el polvo del tiempo, mientras reconstruye la vida de un escritor silencioso y melancólico, marcado por un padre violento que influyó en su manera de relacionarse con las mujeres y alimentó la ansiedad constante provocada por sus innumerables miedos.

La vida de Kafka fue breve. Murió a los 40 años, el 3 de junio de 1924, víctima de la tuberculosis, en el sanatorio Hoffmann, cerca de Viena. Miraba al infinito con aquellos ojos oscuros y profundos que tanto atraían a las mujeres, quienes también disfrutaban de su conversación porque, según decía, “a las mujeres les gusta que uno hable”.

La película presenta a un ser atormentado que amaba la vida, pero no la fama. Como Borges pediría años después, Kafka también quiso el olvido. “Quemen todos mis manuscritos”, dejó escrito. Su amigo Max Brod no obedeció esa última voluntad. Gracias a esa desobediencia, hoy conocemos una de las obras literarias más importantes del siglo XX.

Es importante para el ser humano escribir, como decía mi abuela; leer, conocer la historia y no andar por la vida como un analfabeto moderno. Insistamos en mejorar la vida. Insistamos en mejorar esta ciudad. Llenémosla de bibliotecas, de árboles frutales y de parques para los niños.

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día