Publicado por: Editorial
Seguimos acercándonos a la cifra de un millón de vehículos que circulan en el área metropolitana, un factor que, sin duda, tiene una participación decisiva en el caos, la accidentalidad y la mortalidad en las calles, pero lo que es un error es considerar que esa es la causa única o, siquiera, la principal de esta situación, pues la raíz de todo se encuentra en el rotundo fracaso de Metrolínea, que el 22 de diciembre de 2009 retiró los buses tradicionales sin ofrecer un reemplazo eficaz.
El Sistema Integrado de Transporte Masivo, desde el primer día, fue incapaz de cumplir las cuotas de oferta de transporte público en el área metropolitana, lo que provocó que la ilegalidad cundiera con motocicletas y carros piratas que, sin control real, saturaron las calles. Este multimillonario mercado informal se consolidó como un negocio voraz, inflando desmedidamente el parque automotor que hoy nos asfixia, al tiempo que las autoridades de tránsito de los distintos municipios se debilitaban estructuralmente. Perdieron no solo presupuesto, sino también la autoridad moral y operativa en la calle.
Hemos visto con suficiente claridad que la falta de una autoridad de tránsito metropolitana, dotada de poder presupuestal y facultades reales, es otra causa determinante de la anarquía en las vías, pero el mito de la autonomía municipal, mal entendida, ha impedido que este ente se conforme y tome las riendas, dejando a los ciudadanos sin una regulación eficaz en el área. La suma del fracaso de Metrolínea, la ilegalidad galopante, la descoordinación y la debilidad institucional, entre otras razones, hace que Bucaramanga ya no sea solo una ciudad lenta, sino también agresiva y fatal.
Y, en medio de todo esto, preocupa significativamente la indiferencia con que los gobiernos municipales observan este fenómeno, sin proceder adecuadamente y sin aceptar que se aborde el problema con la visión integral que exige la verdadera dimensión metropolitana, pues entre los municipios conurbados no existen fronteras que determinen cuatro problemas de tránsito, sino que, lógicamente, todo responde a una sola y caótica dinámica, en donde comienzan a dominar la impunidad y la fatalidad.
La solución pasa por recuperar la calle, y eso solo será posible si se recupera primero la autoridad perdida y el respeto por la norma de tránsito, con agentes suficientes, honestos y bien equipados que ejecuten una ley clara y unificada. Obviamente, se requiere un sistema de transporte masivo que realmente sirva, que sea una alternativa digna, masiva y puntual para la gente; este es un debate que no puede seguir aplazándose, por cuanto la falta de decisiones al respecto la estamos pagando con minutos de retraso y con heridos y muertos en las calzadas.











