Hay conversaciones que parecen improbables hasta que alguien decide propiciarlas. En medio de las agendas empresariales, las reuniones, los indicadores y las urgencias de la cotidianidad, ¿qué tan probable es que una madre soltera que, además de buscar cada día el sustento para su familia, lidera acciones para mejorar las condiciones de su barrio, se siente a conversar con el presidente de una empresa?
En Prosantander decidieron que esa conversación sí era posible y la llamaron Compromiso Santander. Su propósito es sencillo de explicar, aunque no necesariamente fácil de conseguir: propiciar diálogos sinceros, abiertos y propositivos entre empresarios y comunidades para encontrar oportunidades de colaboración y construir juntos un mejor territorio.
Pero para que la confianza germine con estas características y funcione hay que comenzar por algo que parece elemental y que, sin embargo, es escaso: el diálogo. No se puede conversar genuinamente cuando cada interlocutor llega con un libreto preconcebido sobre el otro. Por eso, la primera etapa que están recorriendo estos primeros 25 empresarios y 26 líderes sociales es, precisamente, la de conocerse, escucharse y descubrirse como seres humanos.
Para algunos empresarios esto ha significado apartarse durante unas horas de las decisiones difíciles y de las responsabilidades que supone dirigir una organización para preguntarse qué pueden hacer, más allá de sus obligaciones habituales, por el territorio que habitan. Y para los líderes sociales también supone un ejercicio de tiempo, de horas dedicadas y de apertura.
Lo interesante es que, cuando esas etiquetas se dejan en la puerta, empiezan a aparecer las personas. Entonces surgen historias de alegrías, pérdidas, esfuerzos, incertidumbres y sueños que tienen mucho más en común de lo que ambos grupos imaginaban.
Algunos líderes sociales han contado, por ejemplo, sus propias historias de como microempresarios: personas que se endeudan para comprar materias primas, que arriesgan sus ahorros, que sienten miedo cuando las ventas no responden, pero que continúan trabajando porque detrás de su negocio también existe una enorme ilusión de salir adelante. Es decir, quizá la distancia entre un empresario grande y uno pequeño sea mucho menor cuando ambos dejan de ser categorías y empiezan a reconocerse como personas.

Por eso estos diálogos son tan importantes. No se trata de que empresarios y comunidades piensen igual. Tampoco de que unos pretendan convencer a los otros. Se trata de entenderse para encontrar aquello que pueden hacer juntos, de un espacio donde las diferencias no desaparezcan, pero sí dejen de ser obstáculos para construir confianza.











