El terremoto me cogió en el carro luego de hacer ejercicio. Magnitud 7,4. Epicentro en San José del Palmar, Chocó. Cali destruida en varios sectores. Pereira con el aeropuerto colapsado. Las imágenes eran duras. Muy duras. Más de 285 muertos al cierre de esta columna, centenares de heridos y familias que en treinta segundos lo perdieron todo.
Pero lo que me pasó después es lo que quiero contar hoy. Seguí mirando las redes, esperando el circo de siempre, el oportunismo que nunca falta en este país cuando hay una crisis. Y no lo encontré. O, por lo menos, no fue lo que dominó. Lo que encontré fue otra Colombia. Una que a veces olvidamos que existe.
Caravanas de gente común llevando agua y comida a los puntos de acopio. Empresarios armando vuelos con insumos. Médicos ofreciendo consulta gratuita desde sus consultorios. Y algo que me llenó el alma de una manera especial, quizás porque es el mundo en el que vivo: abogados en X, en Instagram, en donde fuera, asesorando gratis a personas que no tienen idea de qué hacer cuando se les derrumbó el local, el apartamento, el negocio de toda la vida. Explicándoles cómo activar el seguro, qué dice la ley si el arrendador quiere echarlos, qué caminos existen para no perderlo todo dos veces. Eso es dar lo que uno sabe. Y en momentos así, vale tanto como dar lo que uno tiene.
Yo sé que este país tiene problemas enormes. Los escribo aquí cada semana. La corrupción, la politiquería, la polarización que nos tiene peleando por todo. Pero esta semana vi algo que me recordó que debajo de todo eso hay una gente que cuando de verdad se necesita, responde.
Vi a un rescatista de los Topos México sacando un bebé vivo de entre los escombros de Cali porque escuchó un susurro. Un susurro. Eso no se olvida. Colombia se cayó el lunes, pero el martes ya estaba de pie recogiendo a sus muertos y cuidando a los sobrevivientes.
Esta columna es más una invitación a seguir ayudando desde cualquier espacio. No hay ayuda pequeña. Somos más grandes que la catástrofe y saldremos adelante.












