Hay acontecimientos que nos recuerdan de la manera más dolorosa que la vida puede cambiar en cuestión de segundos. Esta semana, un terremoto sacudió a Colombia y alteró para siempre la realidad de miles de personas. Lo que parecía seguro dejó de serlo: hogares, negocios, proyectos y familias enteras quedaron expuestos a la fragilidad de un momento que nadie podía predecir.
Frente a una tragedia así, es inevitable mirar nuestra propia vida y preguntarnos cuánto estamos dejando para después. Nos han enseñado a pensar en el futuro, a tener metas, a construir con visión y a trabajar por aquello que queremos alcanzar. Y, sin duda, hacerlo es necesario. Pero en medio de tantos planes podemos olvidar que el presente no es una sala de espera, sino el lugar donde ocurre nuestra vida.
La pandemia ya nos había mostrado esa vulnerabilidad. Durante meses, el mundo entendió que aquello que parecía cotidiano podía desaparecer de un momento a otro; que un abrazo, la familia, la salud o simplemente salir de casa no eran asuntos garantizados. Con el tiempo recuperamos nuestras rutinas y, quizás, también la sensación de que teníamos todo bajo control. Hasta que un nuevo acontecimiento nos recordó que no es así.
¿Cuántas veces hemos aplazado un abrazo, una conversación o esas palabras que alguien necesita escuchar? ¿Cuántas veces hemos guardado lo que sentimos o hemos dejado para mañana algo que podríamos resolver hoy? No sabemos cuánto tiempo tendremos para hacer aquello que realmente importa.
Quizás por eso vale la pena preguntarnos qué hacemos con el tiempo que recibimos. Más allá de acumular, alcanzar o demostrar, también existe un propósito en poner lo que somos y sabemos al servicio de otros. Servir, acompañar y tender la mano cuando alguien lo necesita son formas de darle sentido a lo que hacemos y de dejar una huella que va más allá de nosotros mismos.
Hoy Colombia acompaña a las familias que enfrentan pérdidas irreparables y a quienes vieron desaparecer su hogar, su negocio o el esfuerzo de muchos años. Detrás de las imágenes que vemos hay historias, proyectos y sueños que quedaron suspendidos. Es imposible no conmoverse ante quienes ahora deben encontrar fuerzas para comenzar de nuevo.
Pero en medio de la incertidumbre también aparecen razones para creer: personas que comparten lo que tienen, empresas que ponen sus recursos al servicio de otros, voluntarios que entregan su tiempo y profesionales de la salud que ofrecen conocimiento, experiencia y humanidad para atender a quienes más lo necesitan. En momentos así, la solidaridad deja de ser un discurso y se convierte en acción.
También es una prueba para las instituciones. El Gobierno que inició enfrenta el desafío de responder con rapidez y coordinar esfuerzos para acompañar a quienes hoy necesitan recuperar mucho más que sus bienes: necesitan la posibilidad de reconstruir sus proyectos de vida.
Esta tragedia nos invita a poner muchas cosas en perspectiva. Frente a la vulnerabilidad, pierden sentido la prepotencia, la soberbia y cualquier sensación de estar por encima de los demás. La vida no distingue cargos, poder, dinero ni apellidos cuando decide recordarnos que ninguno de nosotros tiene el control absoluto sobre el destino.
Por eso, este también debería ser un momento para encontrarnos. Las diferencias políticas pueden esperar cuando hay personas que necesitan ayuda. Construir país significa entender que existen causas que nos convocan a todos y que el bienestar colectivo debe estar por encima de cualquier división.
Tal vez esa sea una de las lecciones más profundas: no esperar a que algo nos sacuda para valorar lo esencial. Podemos hacer planes para el futuro, pero el tiempo que tenemos para vivir, servir y dejar algo en los demás es hoy.












