Si Florentino González propuso en 1847 la adopción de la política del libre cambio fue porque antes no existía. Pero despertó al león dormido: los partidarios del proteccionismo. Armados con una falacia, estos aseguraron que se arruinarían los artesanos de lienzos del Socorro. Bastarían los tres tomos de don Antonio Escohotado, titulados Los enemigos del comercio, para reducir a los proteccionistas. pero pongamos hoy un caso de los tiempos indianos: el comercio de oro en polvo extraído de los ríos del Oro y Suratá.
¿Por qué los historiadores nunca encuentran las cuentas que debió llevar el Estado monárquico español de las extracciones de oros en las arenas de aluvión? El cobro fiscal de quintos y cobos de minería era del mayor interés para los reales funcionarios, pero se quedaron viendo un chispero. La razón: la producción de los pobrísimos lavadores de arenas auríferas estaba secuestrada por los curas párrocos y los comerciantes. Su estrategia era simple: adelantarles pesos de plata para que comieran y esperar el pago en castellanos de oro, a razón de un castellano por dos pesos de plata. Lo mismo hicieron con la producción de cacaos del río Sogamoso, con los lienzos de algodón y con el azúcar de los trapiches. Las producciones campesinas estaban secuestradas por los anticipadores. Un solo comerciante sevillano, Francisco Guerrero, monopolizó toda la extracción de las vetas de Pamplona con sus anticipos. Solo los vivanderos que venían desde el valle de San Jacinto al puerto de Botijas con provisión de aguardientes, tocinos de cerdo, carnes y quesos salados, se llevaban los tomines de oro que sobraban cada mes, así como millares de granos de cacao.
Las ilusiones de los proteccionistas provienen de su anacronismo: creen que las gentes opinaban hace dos siglos como hoy lo hacemos. Nada que ver. Todo lo que ingresaba a los mercados de las aldeas estaba “atravesado”, pese a los autos de buen gobierno que anualmente dictaban los alcaldes ordinarios, pues ellos mismos compelían a los campesinos para que no llevaran sus abastos a otras aldeas. Por ahora, eso lo ignora la inteligencia artificial, hasta que le curen sus anacronismos.












