Una mujer mira su teléfono y encuentra una imagen íntima con su rostro. Reconoce la fotografía, publicada meses atrás en una red social sin imaginar para qué podría usarse, pero nunca posó así ni estuvo en ese lugar. Mientras explica que es falsa, otros ya la descargaron, reenviaron y comentaron. La escena nunca ocurrió, pero la vergüenza, el miedo y el daño son reales.
Ese es uno de los peligros de la inteligencia artificial. Hoy no hace falta ser experto para copiar una voz, alterar una fotografía o fabricar un video muy convincente. Con pocos archivos de internet, alguien puede poner palabras en boca ajena, simular una llamada familiar, desacreditar a un compañero o crear contenido sexual sin consentimiento.
La inteligencia artificial ayuda a estudiar, diagnosticar enfermedades, ordenar información y facilitar tareas. El peligro comienza cuando se usa para apropiarse de la identidad ajena y presentar como cierto algo que nunca ocurrió. La mentira siempre ha existido, pero ahora puede llevar nuestro rostro, imitar nuestra voz y parecer completamente verdadera.
La ley colombiana reconoce los deepfakes, imágenes, videos o audios falsos creados con inteligencia artificial, y agrava la falsedad personal cometida con ellos. La protección de la imagen, la intimidad, el buen nombre y los datos personales permite acudir a las autoridades para solicitar el retiro del contenido. Sin embargo, una orden judicial puede llegar cuando el archivo circula por cientos de teléfonos. En internet, borrar tarde rara vez significa borrar por completo. Cada reenvío aumenta el daño, dificulta identificar al responsable y obliga a la víctima a explicar algo que nunca hizo.
Por eso, prevenir depende de nosotros. Antes de reenviar una grabación escandalosa, conviene detenerse, buscar su origen y confirmar la información por otro medio. Si una voz conocida solicita dinero con urgencia, una pregunta personal o una llamada al número habitual puede revelar el engaño. Deberíamos pensar qué fotografías dejamos públicas. Quienes disfrutan mostrando el restaurante de moda, el plato recién servido o el destino de sus vacaciones pueden hacerlo. Después de todo, para presumir resulta más seguro exhibir la cena o el paisaje que publicar cada día nuevas fotografías del propio rostro. A niños y adolescentes también debemos enseñarles a cuidar su imagen y respetar la ajena.
Quien sea víctima debe guardar enlaces, mensajes y capturas, pedir el retiro del material y denunciar. No debe dar explicaciones ni sentirse culpable. El daño ya es suficiente y la responsabilidad recae únicamente en quien manipuló su imagen o difundió el engaño.
Durante años creímos que ver bastaba para creer. Esa certeza terminó. Dudar antes de compartir también puede protegernos. Piénselo: si fuera su rostro, ¿reenviaría la imagen sin saber si es verdadera?












