Francisco Romero, ese sacerdote que comandó guerrilleros en las guerras civiles decimonónicas de esta Colombia sangrienta, marcada por recurrentes matanzas y dolores. En esas guerras participó la Iglesia católica, como ahora lo hacen algunas iglesias cristianas. En aquel tiempo se enfrentaba al laicismo impulsado por los liberales… ¿Y ahora? En cierto modo, también.
En 1861 se abolió toda legislación radical, y entre los constituyentes de ese año figuraban los presbíteros «N. Téllez y Francisco Romero». El cura Romero «comandaba unos 40 guerrilleros conservadores en Pamplona (bendita tierra) y en la frontera con Venezuela». En Bucaramanga, ciudad en la que se inauguró una placa en su honor en julio de 1910, se lee: «En memoria del progresista y ejemplar sacerdote Dr. Francisco Romero, quien con su vida de fecunda actividad (también guerrillero) demostró que la estricta labor evangélica puede adunarse». La placa también señala que nació en Usme en 1807, «en el hogar de una pareja de españoles. Estudió en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario y se hizo sacerdote».
Romero llegó a Bucaramanga en 1859, en «son de guerra», como capellán militar de las tropas conservadoras. «Había dejado atrás su parroquia en Salazar de las Palmas, donde había fomentado la siembra de café entre su feligresía desde 1832». Cuando lo trasladaron, la población se opuso a que la abandonara, porque siempre había promovido el bien, «manejándose con el mayor desinterés». En Salazar de las Palmas llegó a tener más de 50.000 matas. En 1851 ya se exportaban 6.000 quintales de café. Gracias al padre Romero se expandió el cultivo del café en Salazar, «con el ejemplo, las exhortaciones y penitencias impuestas en el confesionario». Como había tanto pecador, pronto se extendió el café.

Como párroco de la iglesia de San Laureano, desde 1865, continuó «promoviendo el cultivo y las obras públicas» hasta su fallecimiento en 1874. Unió «la fe católica con el pragmatismo económico»: no solo con avemarías y padrenuestros, pues también le interesaban, como a los jesuitas, «la integridad moral y el bienestar de todos los ciudadanos».
El padre Romero —y ese es su mérito— fomentó también el Hospital San Juan de Dios, velando por la salud de los bumangueses; la reconstrucción de la iglesia de San Laureano, en Real de Minas; y el antiguo Cementerio Central. Además, promovió técnicas rurales y el uso de abonos para los cultivos de café y cacao.
Al final, este homenaje tiene una finalidad: hablarles a las comunidades y a los sacerdotes para invitarlos a contribuir a la reconstrucción de esta sociedad tan desigual y a poner sus capacidades y talentos al servicio de la protección de la región. Se trata de participar más en la reconstrucción social de Santander, como lo hicieron el padre Romero y el padre Felipe Salgar, cura párroco de Girón hacia 1820. Este último confesó a un artesano pastuso y le impuso como penitencia enseñarles a las mujeres a elaborar artesanías, el sombrero jipijapa. Estas se convirtieron en un producto de exportación que Lengerke enviaba a Europa. Las comunidades religiosas, y no los politiqueros, deberían traer artesanos para enseñar oficios que están resurgiendo ahora que Europa arde.









