Como Hércules Poirot, hay que preguntarse por la conveniencia del crimen de Miguel Uribe Turbay; pero la violencia en Colombia no acostumbra resolverse con deducciones de salón ni con la paciencia deductiva del sabueso belga de Ágatha Christie. Mientras en las novelas policiales el crimen responde a un orden lógico en que el investigador examina pistas y descubre al culpable en la última página, en nuestra realidad nacional los magnicidios se incrustan en un lodazal espeso donde las pruebas se diluyen y los hilos invisibles del poder rara vez quedan al descubierto. El crimen del senador y precandidato reabre esa vieja herida, que obliga a mirar más allá del ejecutor material y analizar el tablero de los intereses ocultos.
En el ajedrez de la política criolla, eliminar una voz opositora de discurso firme siempre obedece a un cálculo de conveniencia táctica. Para las estructuras armadas al margen de la ley, un líder que desafía el control territorial y exige mano dura representa un obstáculo existencial que intentan borrar a balazos. Sin embargo, la verdadera tragedia institucional radica en que los cálculos de los victimarios suelen fallar ante la reacción social, pero rara vez rozan a los verdaderos beneficiarios en la sombra.
¿A quién termina sirviendo este crimen? A corto plazo, el magnicidio sacudió el tablero, indignó a la ciudadanía y galvanizó a un sector político que vio en el luto una bandera de resistencia. No obstante, en el fondo, la muerte de un líder político alimenta la maquinaria del miedo y perpetúa la polarización que tanto conviene a los extremos. Las investigaciones judiciales avanzan con lentitud exasperante, atrapadas entre la presión pública y los temores de una institucionalidad que muchas veces prefiere archivar verdades incómodas antes que remover los sótanos donde se cruzan la politiquería y el crimen.
La galería observa el espectáculo con una mezcla de morbo y desidia digital, consumiendo la tragedia como si se tratara de un folletín por entregas, mientras los dueños de los hilos se frotan las manos en el anonimato. Las células grises de nuestra justicia siguen exigiendo respuestas que el Estado esquiva con discursos vacíos y promesas de papel. Poirot sabría que en este caso los culpables no solo portan el fusil, sino también la chequera o el silencio cómplice.
Nos hemos acostumbrado a contabilizar muertos ilustres mientras el sistema se recicla sobre las tumbas. Ningún discurso de indignación oficial devuelve la vida ni borra la sospecha de que la impunidad es el engranaje principal que mantiene en marcha esta maquinaria de muerte. Mientras no se rompan las complicidades estructurales que permiten segar vidas por conveniencia, seguiremos atrapados en el mismo laberinto, esperando un milagro deductivo que la historia se empeña en negarnos.










