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Jueves 29 de octubre de 2026 - 01:00 AM

Los verdaderos monstruos no necesitan disfraz

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Para un niño, el 31 de octubre es uno de los días más esperados del año. Desde semanas antes sueña con convertirse en su personaje favorito, escoge con ilusión su disfraz y cuenta los días para salir a pedir dulces. Poco le importan los detalles de su vestuario, porque lo que espera es disfrutar de la celebración. Al regresar a casa, vacía su bolsa, cuenta los caramelos que consiguió, aunque muchos nunca llegue a comérselos, y se queda con la alegría de haber vivido un día especial, de esos que con los años pueden convertirse en un recuerdo de infancia.

Los padres viven otra celebración. Además de acompañar a sus hijos, deben estar pendientes de los vehículos, revisar los dulces y procurar que no se pierdan entre tanta gente. Con semejante lista de preocupaciones, salir a pedir dulces se parece más a una operación de seguridad que a un paseo familiar. Mientras tanto, los pequeños piensan en llegar a la siguiente puerta, entonar sus canciones y esperar los dulces que recibirán.

Y mientras las autoridades repiten las recomendaciones de siempre, algunos adultos aprovechan la fecha para conducir sin cuidado, provocar desórdenes o robar entre la multitud, de modo que, mientras los niños se disfrazan para divertirse, son precisamente esos adultos quienes terminan poniendo la verdadera dosis de susto.

Algunas celebraciones han terminado en tragedias que ninguna familia debería vivir. En Halloween pasado, una niña de ocho años murió por una bala durante un ataque contra un adulto. Según los reportes, quien disparó iba disfrazado de payaso. En otra celebración, dos menores resultaron heridos al ser atropellados por una motocicleta. No son historias inventadas para generar pánico, sino episodios que muestran cuánto cuesta la violencia y la imprudencia ajenas

La tragedia de aquella niña deja una imagen difícil de borrar. Alguien utilizó una noche de disfraces para esconderse a plena vista y cometer un crimen. Por una vez, el payaso no estaba ahí para hacer reír. Y lo peor es que ninguna advertencia sobre dulces ni consejo sobre caminar de la mano habría detenido aquella bala.

Por eso, Halloween no debería reducirse a repetirles a las familias lo que ya saben. La presencia policial importa, pero importa exigir que quienes convierten las calles en escenarios de riesgo respondan por sus actos. Los pequeños no tendrían que pagar con su tranquilidad, y menos con su vida, las decisiones de los mayores.

Ojalá el domingo las noticias hablen de disfraces novedosos, dulces y niños felices, no de una familia que salió a celebrar y volvió destrozada. Halloween debería dejarles dulces y buenos recuerdos, no convertirse en otra ocasión para que conductores irresponsables, personas violentas y delincuentes les arruinen la celebración.

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