El Parque Recreacional El Lago fue, entre los años 1976 y 2005, el lugar donde las familias santandereanas compartían tardes entretenidas y grandes momentos de sano esparcimiento. ¿Lo recuerda?

¿Recuerda el traqueteo de un tren con su bocina y el paso por el túnel, los gritos de emoción en los carros chocones, la música de los carruseles y las carcajadas de quienes se atrevían a subir al pulpo? Basta con cerrar los ojos para regresar a aquellas tardes en las que la felicidad parecía caber en unas cuantas monedas.

Así era el Parque Recreacional El Lago, un lugar que durante casi tres décadas hizo soñar a varias generaciones de santandereanos y que todavía vive en la memoria de quienes tuvimos el privilegio de recorrer sus senderos, contemplar su lago y disfrutar de sus inolvidables atracciones mecánicas.
Antes de convertirse en uno de los escenarios de diversión más queridos del área metropolitana de Bucaramanga, aquellos terrenos eran un potrero que posteriormente fue adquirido por la Beneficencia de Santander. A mediados de los años setenta comenzó a tomar forma el proyecto de construir un parque permanente alrededor de una represa artificial, en un sector que ya tenía una particular relación con el agua.

Una quebrada procedente del barrio Lagos alimentaba el lugar y existían conducciones hacia el antiguo Club Campestre y el parque de Cañaveral, donde alguna vez hubo dos lagos y un puente.

En junio de 1976, Vanguardia anunció la inauguración del moderno parque de atracciones mecánicas de la Beneficencia de Santander, prevista para el día 23 de ese mes. La inversión, cercana a los 45 millones de pesos, representaba una suma considerable para la época. El Lago ofrecía diversión permanente.
Entrar costaba cinco pesos y cada atracción valía dos o tres pesos de la época. Para los niños, El Lago era un universo fantástico; para los adultos, la oportunidad de compartir con sus familias un paseo sencillo, económico y lleno de alegría.

El pulpo era, sin duda, uno de los grandes protagonistas. Aquella gigantesca máquina de ocho brazos giraba durante un par de minutos que parecían eternos, mientras sus pasajeros gritaban, reían y se aferraban a la emoción. Algunos descendían mareados, con las piernas temblorosas, pero ya estaban pensando en repetir la experiencia.
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Los más atrevidos buscaban la rueda triple, mientras otros preferían la competencia amistosa de los carros chocones, la tranquilidad de los caballitos o la emoción de la rueda de Chicago.

También estaba el tren, una aventura que encantaba por igual a grandes y pequeños. Su recorrido, con aquellos túneles que despertaban la imaginación, convertía un paseo aparentemente sencillo en una pequeña expedición.

Afuera, el parque se llenaba de vida entre los árboles, el lago, las canoas y los carruseles. El algodón de azúcar endulzaba las tardes, las marionetas arrancaban sonrisas y los fotógrafos aguardaban a las familias en los alrededores para inmortalizar la visita.

Pero el tiempo, que parece avanzar despacio durante la infancia, termina por cambiarlo todo. En 2005, el Parque Recreacional El Lago cerró sus puertas y con ellas se apagó una parte de la historia recreativa de Floridablanca. Las máquinas dejaron de girar, el tren perdió sus pasajeros y las tardes familiares pasaron a ser recuerdos compartidos en conversaciones y álbumes fotográficos.
En 2010, la Lotería de Santander donó al municipio de El Socorro los elementos recreativos del viejo parque. Para quienes crecimos entre aquellas atracciones, la despedida significó mucho más que el cierre de un establecimiento: fue sentir que una parte de su infancia quedaba atrás.

Años después, el lugar comenzó una nueva etapa con Acualago, un proyecto de recreación acuática impulsado por empresarios de la región y construido sobre el mismo terreno. Con piscinas, toboganes y espacios destinados al entretenimiento y al descanso, el complejo ofreció otra alternativa para las familias y el turismo santandereano. Sin embargo, para quienes conocieron el parque original, la transformación nunca borró del todo la nostalgia.
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Lo van a recuperar
La posibilidad de recuperar el histórico escenario y devolverle las atracciones mecánicas ha renovado la ilusión de muchos antiguos visitantes.

Hace poco, tanto el gobernador de Santander, Juvenal Díaz Mateus, y el alcalde de Floridablanca, José Fernando Sánchez Carvajal, anunciaron un consenso para avanzar en la restauración del lugar. Ahora, la expectativa está puesta en que este emblemático espacio vuelva a recibir a las familias y nos siga robando suspiros.
Quizá algún día los padres puedan llevar a sus hijos al mismo lugar donde ellos fueron felices y señalarles dónde estaba el pulpo, por dónde pasaba el tren o en qué rincón se tomaban las fotografías. Porque los recuerdos más entrañables no necesitan grandes monumentos para permanecer vivos: basta con compartirlos, contarlos y permitir que las nuevas generaciones los hagan suyos.

El viejo Parque Recreacional El Lago ya no es el mismo, pero sigue girando en la memoria de quienes lo conocimos. Vive en el sonido imaginario de sus máquinas, en el sabor del algodón de azúcar, en las fotografías guardadas y en aquella emoción que aparece cuando alguien pronuncia su nombre. Tal vez usted también estuvo allí, chocó con sus amigos en los carros, viajó en el tren o se atrevió a subir al pulpo. Si fue así, cierre los ojos por un instante y regrese a aquella tarde en la que parecía que la diversión nunca iba a terminar. Porque hay lugares a los que no se vuelve caminando, sino con el corazón.
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Y qué bueno sería escuchar otra vez el bullicio de aquel parque y sentir, aunque fuera por unos minutos, que la infancia no se ha marchado y que hay una vuelta más por dar, una última sonrisa por compartir y un recuerdo esperando para hacernos suspirar.

















