Este 31 de octubre voy a ser Hulk.
Sí, ese gigante verde, musculoso, aparentemente invencible, que cuando se enfurece parece capaz de destruir el mundo.
Y seguramente algunos se preguntarán por qué un psiquiatra, a estas alturas de la vida, decide disfrazarse de semejante personaje.
Quizás porque llevo muchos años intentando ser fuerte.
Fuerte frente a mis pacientes, cuando escucho historias que estremecen el alma. Fuerte frente a mi familia, cuando debo transmitir tranquilidad incluso en medio de mis propias incertidumbres. Fuerte frente a una vida que muchas veces exige más de lo que creemos poder dar.
Pero este Halloween quiero algo diferente.
No quiero disfrazarme de Hulk para demostrar mi fuerza. Quiero hacerlo para recordar que todavía puedo jugar.
Porque hay algo que nos sucede a los adultos: un día, sin darnos cuenta, dejamos de ser niños.
Comenzamos a preocuparnos por las cuentas, el trabajo, las responsabilidades, las expectativas y el futuro. Aprendimos a producir, competir y resolver problemas, pero olvidamos algo maravilloso: disfrutar sin necesitar una razón.
¿Recuerdan cuando una toalla amarrada al cuello nos convertía en Superman? ¿Cuando una caja de cartón era una nave espacial y una bolsa de dulces representaba la mayor fortuna del mundo?
No necesitábamos demasiado para sentir que lo teníamos todo.
Después crecimos y confundimos madurar con dejar de divertirnos.
Como psiquiatra, he comprendido que la salud mental no consiste únicamente en tratar enfermedades o aliviar sufrimientos. También implica conservar la capacidad de disfrutar, sorprendernos, reír y construir momentos que hagan que la vida valga la pena.
Y jugar también es salud mental.
Por eso quiero invitarlos a que este 31 de octubre volvamos a ser niños.
Disfrácense, acompañen a sus hijos o nietos a pedir dulces, inventen personajes, ríanse de ustedes mismos, bailen sin preocuparse por el ridículo.
Y si no tienen niños cerca, tampoco necesitan una excusa para divertirse.
No se trata de negar los años ni de escapar de nuestras responsabilidades. Se trata de recordar que la alegría no tiene fecha de vencimiento.
Este Halloween, detrás de mi disfraz de Hulk, no habrá un superhéroe invencible.
Habrá un hombre con experiencias, cicatrices, sueños y responsabilidades, pero también con enormes ganas de reencontrarse con aquel niño que alguna vez fue.
Porque quizás el verdadero superpoder no sea tener la fuerza de Hulk, volar como Superman o salvar al mundo.
Quizás el verdadero superpoder sea conservar, a pesar de los años, las dificultades y las heridas, la capacidad de volver a ser niños.
Este 31 de octubre yo seré Hulk.
¿Y ustedes, se atreverán a dejar salir a jugar al niño que llevan dentro?
Bienvenidos a esta clínica del alma.












